Noche de Tormenta: Una Gélida Lluvia Conflictiva
Noche de tormenta:
Una Gélida Lluvia
Conflictiva
Noche de
tormenta:
Una Gélida
Lluvia Conflictiva
Escrita
Por: Luis Andrés Ochoa
Como si al
caer sobre su piel las gotas de agua intentasen helar aún más su cuerpo, la
lluvia, imparable y furiosa, caía sobre aquel recuerdo de hombre que con andar
desligado, recorría las peligrosas calles a altas horas de la madrugada. En la
distancia, un cartelón con incitantes letras rojas parpadeaba hipnóticamente.
El condenado detuvo su andar. Fijando sus vacíos pero penetrantes ojos en aquel
cartel, la idea de entrar al recinto lo tentó vívidamente.
¿Hacía cuánto tiempo ya, que no sentía en su
cuerpo frío y mortecino el calor de la piel humana?, ¿desde hacía cuánto su
existencia miserable lo había privado de todo contacto con los hombres? Sin
pensarlo una vez más, se encaminó al prostíbulo.
Al girar la barata perilla del modesto acceso,
una puerta de madera de color verde oscuro, descascarada ya por los años y de
mal gusto, el calor sofocante del interior pareció tomarlo y envolverlo con una
brutalidad casi dolorosa. El contraste de su helada piel con aquel preámbulo a
la tibieza humana lo lastimó más de lo que pensó. ¿Hacía cuántos años que le
habían negado todo eso? El ente avanzó con esa idea revoloteando en su mente.
De inmediato, una mujer de edad madura se paró
frente a él. Extendiendo su mano, ésta le ofreció una pequeña toalla para que
secara su rostro. Un poco desconcertado por aquel contacto repentino, la
criatura tomó lo que le ofrecían, secando consecuentemente, parte de su rostro
y cabellera.
Mientras lo hacía, la mujer lo observó. Aquel
individuo que tenía frente a si, era un hombre alto, delgado, de cara alargada
con facciones cuadradas, con unos labios carnosos, pero que la mayor parte del
tiempo se veían como una línea delgada y roja, aunque bien formados. De
barbilla redondeada, cubierta por una fina capa de barba, que de igual manera
se extendía por parte de sus mejillas y el área del bigote. Poseía ojos
pequeños de un marrón oscuro, casi negro, con mirada penetrante y cazadora
que se reafirmaba por unas cejas pobladas y bien definidas. Su cabello, de un
castaño oscuro, que bajo la luz regalaba reflejos cobrizos, era corto, y al
parecer, dejado a su albedrío a la forma o corte refería.
-Si el señor desea puede pasarme
su gabardina-dijo la mujer cuya voz no se escuchaba agradable-.
Sin contestar, la alimaña así lo hizo. Con
meticulosidad, al tener la mujer en sus manos aquel abrigo, lo sacudió para
dejar caer las renuentes gotas de agua que aún se aferraban a él. Paso seguido,
lo colgó en un perchero cercano a la barata barra que servía de recepción.
-¿Desea el señor un cuarto con
calefacción?-preguntó la madrota mientras se ponía detrás de la barra y abría
un cuaderno, donde al parecer, anotaba los datos de los clientes que iba
recibiendo a lo largo de la noche y madrugada-.
La esencia aquella, que se veía como hombre,
no contestó. Tan sólo se limitó a observar a la mujer de manera tan intensa,
que ésta, sintiéndose invadida, rompió con el momento hablando una vez más.
-¿Desea el calefactor?
-Sí-respondió con una voz
mediana, suave y envolvente-.
-¡Bien!-dijo afirmativamente con
una pequeña sonrisa en los labios, producto, quizá, de la ganancia económica
que eso representaba-si desea puede esperar un momento en alguna de las bancas
que se encuentran detrás de usted, por su seguridad y la nuestra, le pediré que
anote su nombre y apellido en este cuaderno. Mientras lo hace, iré a pedir que
se preparen las chicas aún disponibles. Si es tan amable de esperar.
-Descuide-musitó el ser,
mientras tomaba un lapicero del mostrador para llenar con su nombre las líneas
del cuaderno donde la mujer le indicaba-aquí espero.
A medida que la madrota desaparecía por un
pasillo tenuemente iluminado, una vez completado su nombre en el papel, el
despojo de lo que alguna vez fue un hombre tomó asiento en una de las pequeñas
bancas dispuestas en hilera para la espera.
Observó el lugar con mayor atención; un
caserón antiguo acondicionado para funcionar como prostíbulo, pero que a causa
de los años, y el poco o nulo mantenimiento del local, lucía de mala muerte.
Con mirada inquisitiva, advirtió a través de
un gran ventanal, colocado en la parte trasera del local, horizontal a la
puerta de acceso, cómo la lluvia seguía cayendo con fuerza y estrépito,
dejándose ver como una fustigadora del cristal empañado. Miró aquella escena
hasta que la madrota regresó.
-Si es tan amable de acompañarme-dijo,
mientras hacía una pequeña seña con su mano para que le siguiese-.
Sin comunicar emoción alguna, la criatura se
paró he hizo lo que la mujer le había indicado, siguiéndola por aquel pasillo a
media luz, que a mitad de camino dejaba ver una puerta entreabierta.
Otra vez la mujer de edad madura le hizo una
seña, ahora, para que entrase. Así lo hizo. En el interior de aquel cuarto
iluminado por una luz rosa muy tenue, que imponía una carga erótica, seis
mujeres, todas jóvenes, hablaban entre sí hasta callar bruscamente al ver
entrar al despojo, que alguna vez, supo ser un hombre.
Con una señal algo maleada, la madrota echó
una mirada rápida a cada una de ellas, dándoles a entender que se comportaran,
como si la persona que estaba frente a ellas era un distinguido señor al que
debían de presentarle respeto.
-Puede elegir el señor a la que
desee, o varias, si así le apetece-pronunció finalmente la mujer de fea voz,
intentando, con sus últimas palabras, aumentar aún más la ganancia que podría
obtener con aquel cliente-.
-Una estará
bien-dijo la alimaña, mientras clavaba la mirada en una chica delgada y alta-.
Con un crujido estrepitoso, la puerta de la alcoba se cerró con macabra sentencia. La joven de cabellera larga y castaña, con mirada pura y profunda, admiraba curiosa al desdichado que caminaba rumbo al balcón, abriendo las puertas de par en par y dejando así, que el frío de la noche y la lluvia torrencial inundaran el cuarto, mientras las cortinas rojas ondeaban bruscamente por la borrasca de aire.
-¿No crees que no es buen
momento para abrir las puertas del balcón?-dijo ella con la voz dulce de la
experiencia-.
-¿La lluvia te molesta?-dijo él
con la voz calma y mortecina-.
-No, el frío puede que sí.
-No te preocupes por eso-dijo
mientras clavaba su mirada en la de ella-me encargaré de que no sientas frío en
toda la noche.
La mujer, pese a su juventud y apariencia
delicada, dotada ya con la experiencia de una vida de amoríos, situaciones
difíciles y penurias infinitas, dejó escapar una leve risa en sus labios
mientras caminaba en dirección a la cama.
-Eso parece prometer una buena
velada-dijo ella-.
Sentándose sensualmente sobre la colcha, la
joven incitó, con una mirada salvaje, a que su acompañante fuera a su encuentro.
La esencia con apariencia masculina simplemente se limitó a desviar la mirada
para seguir contemplando la tormenta que se explayaba hasta el horizonte en el
exterior de aquel cuarto iluminado por cuatro potentes lámparas de pie.
-La lluvia-dijo él, mientras
ponía ambas manos en sus bolsillos y se paraba de frente al ventanal, dejando
que las gotas que caían sobre el balcón de concreto y rebotaban, lo salpicaran
delicadamente en su rostro-¿no te parece como si fuera miles de navajas que
cortan tu piel?, ¿no te da la impresión de que es como la caricia helada de la
muerte?
Frunciendo un poco el entrecejo, la mujer de
labios pequeños y rojos se reclinó en la cama de manera infantil.
-La lluvia es sólo lluvia, tan
sólo agua. No sé nada respecto a la muerte, ¿quién podría saberlo?
El ente de apariencia humana giró bruscamente
la cabeza para observar a la mujer con la que mantenía la conversación.
-Es cierto que la gente asocia
la lluvia con cosas tristes-continuó ella, mientras, aún en la cama, se ponía
boca arriba, siempre buscando la manera de mantener en su campo visual a su
interlocutor-pero a fin de cuentas es cuestión de percepción, nada más.
La alimaña guardó silencio por algunos
segundos, como si se sumergiese en su propio mundo.
-¿Cuál es tu nombre?-dijo
finalmente.
-Jessica-pronunció ella, algo
curiosa por el camino hacia donde aquel encuentro los iba llevando-.
Transitando ahora hasta el centro de la
habitación, el monstruo llegó hasta una pequeña mesa circular, donde dos copas
y una botella de vino tinto, barato, permanecían estáticas e imperturbables.
-¿Quieres beber?-dijo él,
haciendo clara alusión al vino-.
-Sólo un poco, no me agrada
emborracharme.
-Pensé que sería más tolerante
para una mujer de tu profesión, si no recordaba a detalle todos los momentos de
su trabajo.
La mujer sonrió una vez más.
-No siempre, hay algunos
clientes de los cuales vale la pena recordar cada momento, cada detalle.
-¿Qué clase de clientes son
esos?
-Son muy pocos en realidad-dijo
casi para sí, a modo de autorreflexión-sólo aquellos que realmente te tratan
como una mujer, no como un objeto.
-Una puta-dijo la aberración
humanoide de manera seca y cortante-.
La mujer calló un par de segundos mientras lo
miraba fijamente.
-Si, como una puta.
-Dime-dijo él, mientras
comenzaba a llenar la primer copa con aquel líquido carmesí-¿qué clase de
hombres son esos que tratan a una mujer como tal, y no como una puta?
-¡¿Qué pretendes?!-dijo la chica
sobresaltada, mientras se ponía de pie de un brinco-.
-Lo que todo hombre pretende en
un prostíbulo-dijo serenamente, mientras extendía una mano con la copa
llena-Ten, bebe un poco, te sentará bien.
Con un claro gesto de enfado, la mujer se
acercó hacia la delgada figura que componía a la aberración masculina.
De manera tal que dejara ver el enojo que la
invadía, arrebató la copa para tomar, casi de un solo trago, su contenido.
-Quizá ésta sea una de esas
noches en las que valga la pena no recordar-dijo finalmente, mientras le
devolvía la copa a su cliente-.
-No opino igual-dijo él,
encaminándose a la mesa para dejar la copa que acababa de recibir-.
-El tacto y la galanura,
entonces, no son tu fuerte-refunfuñó la jovenzuela mientras se dejaba caer una
vez más sobre la cama-.
El despojo humano no contestó, se limitó a contemplar por cuestión de
minutos el cuerpo rosado y vital de la mujer que yacía acostado en la cama,
ardiente de la sensualidad propia de las mujeres en su etapa más fértil y
fogosa.
-¿Y entonces?-dijo ella con un
tono algo desesperado-¿vas a hacerme el amor y largarte, o qué?
-Es lo más probable, después de
todo ése es el fin de un lugar como éstos.
-Entonces deja de estar
burlándote de mí y haz lo que viniste a hacer. Aún puedo tener algunos clientes
esta noche, no me hagas perder mi tiempo.
-No pretendo eso-dijo la
aberración de pálida piel, para luego dar un sorbo a su copa de vino. Lo
degustó-No es un gran vino-dijo-No me has respondido a la pregunta que te
formulé, ¿qué clase de hombres son esos que tratan a las mujeres como tal y no
como putas?
La mujer dejó escapar un suspiro.
-Casi ninguno-dijo al final, con
la voz algo apagada por la nostalgia lejana de algún recuerdo doloroso-en
realidad no importa si eres una prostituta de mala muerte como yo o una fina
que bajo apariencia goza de un hombre y su protección económica. Todas somos
putas, es lo que nos enseñan desde niñas, a ser putas, unas más finas que
otras, pero al fin de cuentas es lo mismo, ¿no?; la oscura pauta que impone la
sociedad bajo el mantel de la mesa. Dime-dijo cambiando ahora el tono de su
voz, de melancólica a curiosa-¿No es para ti, a fin de cuentas lo mismo pasar
un rato conmigo, esta noche, o con alguna chica adinerada y de familia?,
¿habría alguna diferencia en tu mente de macho, fuera de la paga del momento?
-Supongo que no-dijo la
desgracia en forma de hombre, mientras caminaba una vez más hacia el balcón
abierto de par en par-.
-Todos son iguales-dijo la chica
al mismo tiempo que se acomodaba mejor en la cama-.
-Quizá sea a lo que nos orillan ser-dijo
él con la mirada fija en la borrasca de nubes que se dejaba ver cuando algún
relámpago fortuito iluminaba todo el cielo-.
-¿A que te refieres?-dijo ella
intrigada-.
-La lluvia helada es como la
muerte, congelante y dolorosa, ¿no crees que el amor lo es igual?
-¿Amor?-dijo la joven con una
risa que dejaba ver unos dientes blancos y bien formados-¿le hablas de amor a
una puta?
-No siempre lo fuiste, de igual
manera yo no siempre fui lo que soy ahora.
-¿Un hombre que sólo busca
satisfacer las deseos más sucios con la primer hembra que acceda ha hacerte lo
que desees?
-Probablemente tengas algo de
razón. Estoy buscando saciar algo.
-Quizá tengas razón tú-dijo ella
en contraste, al mismo tiempo que intentaba hallar la mirada de él con la
suya-.
-¿En qué?-dijo el monstruo sin
separar la vista de la gélida tormenta-.
-En que el amor es como esa
lluvia de la que hablas, helado y lastimoso.
-Quizá-dijo
él.
Sin mostrar
señales de querer disminuir su intensidad, la lluvia seguía cayendo sobre la
ciudad con una furia implacable. A través del marco del balcón, la infelicidad
en forma de hombre, y la bella mujer de profundos ojos contemplaban cómo las
gotas caían sobre los edificios causando un estrépito formidable.
Cuando la chica se cansó de aquella escena
repetitiva y monótona, se encaminó a la pequeña mesa donde su copa seguía en el
mismo lugar donde él la había dejado. Sin más se sirvió.
-Hace unos minutos-dijo ella
mientras daba un sorbo del vino-dijiste que estabas buscando saciar algo, ¿qué
es?
-Un deseo físico
¿quizá?-respondió él en tono sarcástico y melancólico, a la vez que la miraba
fijamente.
-¿Tan sólo eso?-respondió
Jessica, poniendo una mirada altamente sensual-.
-Quizá también mi frío corazón
quiera recordar algunas cosas.
-¿Y qué es?
-La pureza.
-¿La pureza?-dijo visiblemente
asombrada-Creo que no te entiendo.
-Ven-dijo él, mientras extendía
una mano en señal de afecto y protección.
La bella mujer de muslos firmes y sensuales
avanzó hacia el monstruo que le llamaba. Extendiendo su brazo, dejó que él la
tomara por su mano.
-Siente mi piel-dijo la bestia
mientras miraba fijamente a la fémina que tenía entre sus garras-.
Con un deslizar lento y calmo, la exquisitez
de feminidad acarició el rostro de su cliente. La tez estaba fría.
-Estás frío-dijo ella, mientras
lo miraba fijamente intentando descubrir la verdad que encerraban sus ojos-.
-Alguna vez no fui lo que soy
ahora, alguna vez tuve calidez, amor.
-¿Y qué pasó?-respondió ella
mientras pasaba una de sus yemas por los labios rojos de su compañero de
cuarto-.
-Me arrebataron la vida y me
dejaron este cascarón que ves ahora.
La mujer calló para fundirse en un beso
apasionado y largo. A través del balcón abierto, el agua seguía cayendo,
creando un pequeño charco en el piso.
-¿Y crees que una puta puede
darte la pureza que te arrebataron?
-Quizá no haya mujer más pura
que una puta-dijo él penetrando con su mirada en ella-quizá la elección de tu
trabajo te da la pureza que las demás no poseen.
-Libre albedrío-respondió-ser lo
que soy por elección, no por obligación.
-¿Cuántos hombres tratan a una
mujer como tal y no como puta?-repitió la alimaña masculina-.
-Todos, una sola vez, cuando se
enamoran por primera vez, cuando la pureza del alma es tal que realmente darían
la vida por ella.
-Así es.
-Después, todo cambia, tanto en
hombres como en mujeres, poco a poco, y con el cambio de parejas, las
relaciones se denigran, las mujeres se tornan putas que se venden al macho que
mejor las mantiene, y ellos, compradores que pagan lo más que pueden por
fornicar con una belleza que satisfagan todas sus fantasías. Cuando las carnes
caen, cuando las arrugas llegan, desechan y compran nuevas.
-La única diferencia que hay
entre tú y el resto de las mujeres, es que tú lo ves como lo que es; un
negocio, he ahí la pureza de tu realidad, te vendes acorde a la pauta que se
impuso, y no esperas el amor cálido y puro de un hombre, ahora, ni en tu vejez.
No enmascaras la realidad, quieres dinero para vivir bien, y como tal, te vendes
para conseguirlo.
Jessica lo miró con una pequeña barrera de
lágrimas en los ojos; la alimaña humana seguía inmutable, con la mirada
penetrante y las facciones serenas.
-¿Todos los humanos degeneramos
a eso?-preguntó la mujer, ahora sintiéndose tan infantil y desprotegida como
cuando era una pequeña de temprana edad-¿La vida en sí tiene que ser tan
miserable?
-No sé-dijo con tono sereno e
inquebrantable-aunque quisiera pensar que no, que la pureza permanece, cuando
menos, en algunas personas.
-No me has dicho tu nombre-dijo
ella a modo de pregunta-.
-Rafael.
-Rafael, ¿es difícil ser feliz?
-Sí, lo es.
-¿Por qué?
-Porque para ser feliz, la otra
persona que a ti te hace feliz tiene que querer ser feliz, si no es así, no
importa cuanto te esfuerces, serás infeliz, te arrastrará a su infelicidad y a
medida que te decepcionas te degeneras a lo que ya comentamos.
-¿Pero entonces, es la búsqueda
de la felicidad una degeneración en sí misma?
-No lo sé,
es subjetivo.
Finalmente
el pequeño calentador de piso había comenzado a emanar la suficiente energía
como para hacerse sentir. Corriéndolo con el pie hasta acercarlo lo más que la
extensión de cable permitía a la cama, Jessica se despojó rápidamente de la
fina camisilla que portaba, dejando al descubierto la desnudez de su pecho de
rosado color. Rafael devoró con la mirada aquellos senos de mediano tamaño,
firmes y de apetecible textura. La chica disfrutó de ese momento visual, en el
que sabía, su cuerpo se transformaba en el objeto de deseo más codiciado para
la persona que tenía en frente de sí. No limitando sus sentimientos, regaló una
sonrisa amplia y extensa.
Con paso lento y erótico, la bella mujer se
acercó al ente, quien aún parado frente al balcón se dejaba envolver por los
brazos de la prostituta, misma que, con fuerte lujuria en su mirada, lo
arrastró hacia la cama para tumbarse junto con él.
Un segundo beso apasionado surgió entre los
dos. Un beso cálido y frío a la vez.
Dejándose llevar por la experiencia infinita,
la grácil mujer saboreó con tiernos besuqueos todo el contorno de la barbilla
de aquel hombre de tez pálida y fría, que con mirada siempre penetrante,
demostraba las emociones que aquellas caricias le regalaban. Así lo hizo él con
ella. Besó toda su barbilla para desperdigase en la extensión de aquel cuello
cálido y de pigmentado color. Disfrutó besarlo, disfrutó recorrerlo con su
lengua y saborear el sudor que éste le regalaba. Se perdió igualmente entre los
pechos imponentes que ella le daba a su entera y total disposición.
La alimaña con forma de ser humano disfrutó de
aquel roce cálido contra su piel, como si una seda de tibieza, un poco de
misericordia para su desdicha, finalmente, después de tanto, llegara a él para
darle un respiro, para recordarle que su piel alguna vez fue así, que no
siempre fue un monstruo frío e infeliz, un condenado alejado de toda dicha o
benevolencia humana.
Con la fiereza y brusquedad de la tormenta que
se desataba afuera, y con la misma tibieza y sosiego que el calentador
eléctrico emanaba, la cama se arremolinó entre mujer, sábanas, alimaña, pasión,
lujuria, ternura, recuerdos; dolor.
-¿Es así como encuentras tu
pureza?-dijo ella con palabras entrecortadas por el placer-.
La bestia embestía sobrecogida por el éxtasis.
-¿Es así como tú encuentras la
felicidad?
-No, esto es sexo, no amor o
felicidad.
-Entonces mi respuesta se torna
tan fácil como la tuya. No, no encuentro la pureza que alguna vez sentí, sólo
la rozo, pero rápidamente se aleja.
Como si intentase unirse más a él, la bella
muchacha, que ahora presentaba unas mejillas completamente rojas y llenas de
vida, entrelazó sus piernas a la cintura de Rafael.
-Tu piel sigue fría-dijo
Jessica, mientras se perdía en la mirada de su cliente-.
-Calentar mi piel es imposible.
-¿Ninguna mujer puede hacerte
vibrar, transferir su cariño a ti?
-Ninguna, me temo. ¿Puedes tú
creer en el amor puro a esta altura de tu vida?
-Aún soy una mujer
joven-reflexionó-De seguro no sería tan ingenua.
Volteándola bruscamente, y dejándola boca
abajo, Rafael inició una vez más con su papel de extrema virilidad, mientras
Jessica se aferraba con fuerza a los bordes de la sábana.
-Pero igual que ahora-continuó
ella entre jadeos-la esperanza de alcanzar el placer máximo nos lleva a
lastimarnos; queremos seguir creyendo que podemos alcanzarlo aunque creemos que
para eso hay que sentir algo de dolor.
-El autocastigo que redime-dijo
él-.
-¿Hay que sufrir para ser
felices?-preguntó ella, mientras un gemido de placer inesperado escapaba de su
boca-.
-Sientes placer y dolor al mismo
tiempo, ¿no es así?
-No siempre tiene que ser así,
hay otras maneras.
-¡Ahhhhh!-exclamó, no de placer,
sino por haberle dado al punto de su idea-¡siempre las hay!; ¿pero no busca el
ser humano por iniciativa propia atar el dolor y el placer, unirlos como si
fuesen gemelos?
-Puede ser, pero en algún
momento el dolor parece desaparecer, como ahora, y sólo queda el placer.
-Pero no cambia que para
alcanzarlo, al principio, siempre hay algo de dolor.
-Entonces, ¿la pureza que
buscas, está en la conjugación de ambas para ti?
-Es un punto subjetivo, tú
sacrificas tus sentimientos para obtener el beneficio de lo económico, y lo
consigues. Igual que yo, perdiste el amor ideal, o quizá nunca lo encontraste,
enmascaraste entonces tus sentimientos y concentraste tu existencia en un solo
punto: dinero-aferrando fuertemente sus dos manos a los senos de la joven,
Rafael comenzó con una nueva embestida salvaje. La chica gimió una vez
más-Dime, ¿eres feliz con el dolor de la dualidad, que a pesar de que crees
controlarlo o superarlo, basta una embestida externa aún más fuerte para
recordarte que ahí está?
-Dolor y placer-dijo entre
jadeos más intensos y desesperados-de repente me gustan ambos.
-Entonces la miseria y
desgracia, el dolor de la inestabilidad estarán atados a ti.
Aferrando ambas manos a las nalgas de Rafael
desde atrás, la excitada mujer ejerció aún mas presión en la cadera de su
pareja para que la penetración fuera más profunda.
-Me dirás entonces-continuó
ella-que en la medida que busquemos nuestra desgracia, ¿seremos condenados
eternos?
-No tienes idea de lo que es la
condena eterna, pero si algo puedes entender, es que a medida que te hagas
infeliz a ti, si hay alguien que te aprecia con la pureza del primer amor, será
irremediablemente arrastrado a la infelicidad.
-¿Es eso entonces, lo que te
pasó a ti, Rafael?
Levantando en vilo a la mujer, la desgracia de
hombre, quedó arrodillado en la cama, mientras continuaba su incesante tarea
viril.
-Mi pasado poco importa.
-Si poco importase, no estarías
esta noche, aquí, conmigo tratando de recordar lo que alguna vez tenías con
otra.
Rafael no contestó.
-¿Touché?-insistió ella mientras
una sensación electrizante recorría todo su cuerpo-.
-Como te dije-respondió él-tan
sólo es una emulación de lo que fue alguna vez, la pureza parece estar, pero se
aleja deprisa.
-Quizá entonces las putas no
seamos tan puras como creíste. Tal vez el ser humano sea simplemente un ser
inclinado más a la frustración que a cualquier otro sentimiento. Ligamos placer
y dolor, ¿no es así? Puede que sea eso lo que nos guste.
Inesperadamente Rafael detuvo su penetración
despegándose del cuerpo de Jessica. El animal de hombre que yacía ahora
reclinado en la cama, miró a la bella mujer, otra vez, con la mirada penetrante
y profunda de siempre.
-No has entendido aún, ¿cierto?
-¿Qué es lo que debería
entender?
Tomándola sorpresivamente por el rostro, la
desgracia viril acercó su cara a la de ella para hablarle casi en un susurro.
-¿Cuál es la gracia de la vida,
del amor, si la gente decide vivirla sufriendo?, ¿qué si hay algunas personas
que se ven arrastradas a ese martirio eterno en contra de su voluntad por la
ridícula idea de sufrir que la persona que ama, pueda albergar? ¿Has pensado
alguna vez en el otro, y no en ti?
La mujer lo miró estática por cuestión de
segundos para responder, en un inicio, con balbuceos.
-En el amor siempre hay alguien
que da más, por ende, si algo sale mal, siempre habrá alguien que sufrirá más.
No importa la situación, el hecho es que cuando alguien se separa, siempre
habrá uno que tome la iniciativa de hacerlo, y sin importar cuales sean sus
verdaderos sentimientos, sufrirá menos que el otro.
-El amor es entonces como la
lluvia que te mencioné. Frío y áspero, incluso cuando es correspondido.
-Dejemos de
hablar de esto-replicó Jessica cortando con el tema en seco-tu piel aún sigue
fría a pesar de lo que hemos hecho; me sentiré frustrada si no logro
calentarte.
La figura desnuda de aquel animal humano
permanecía inmóvil frente al marco del ventanal, con aquella piel blanca que
poco a poco se iba salpicando por las gotas de agua, que de una u otra manera
caían en el interior de la recámara.
Con mirada razonante, la joven prostituta
observaba a detalle el cuerpo de lo que para ella se representaba como un
hombre alto y delgado; su masa muscular era en promedio poca, aunque lo
suficientemente marcada como para resaltar un físico atlético. Los muslos
firmes y rígidos eran sopesados por un par de glúteos de igual dureza. Una
espalda mediana coronaba aquella figura que se perdía en sí misma y en la
lejanía de la tormenta que no alcanzaba fin. La luz del cuarto dejaba en total
descubierto su virilidad; de igual forma, el ente humano no hacía mucho por cubrirse.
Jessica seguía desnuda en la cama, abrigando parte de su cuerpo con una sábana
a causa del frío viento que entraba por el balcón.
-¿Te quedarás parado ahí por más
tiempo?-replicó finalmente la chica con un tono desganado y
tendencioso-esperaba tener un poco más de diversión contigo, pero supongo que
eres el cliente, si ya estás satisfecho, puedes retirarte cuando quieras.
-Estaba mirando la lluvia.
-Me percaté que te
obsesiona-dijo ella, con un inconfundible tono burlón-.
-Puede ser, las noches tormentosas
como la de hoy me traen cientos de recuerdos. No puedo evitar mirarla.
-Ven aquí-dijo Jessica, mientras
daba unos golpes en la cama-déjame intentar calentarte la piel una vez más.
-¿Te importaría-dijo él por vez
primera con una mirada completamente triste y desoladora, carente de aquella
fuerza que la había caracterizado hasta el momento-si me recuesto sobre tu
pecho?
Extendiendo los brazos de par en par, y dando
a entender el “si”, sin palabra alguna, la mujer de belleza
deseable acurrucó a aquella alimaña de hombre sobre su seno, acariciando
dulcemente la parte trasera de su oreja y su cabellera lacia.
-¿Quién eres?-preguntó la chica
con algo de timidez.
-Un monstruo-dijo él-un alma en
pena que fue vaciado de toda felicidad que poseía y condenado a vagar con todos
sus tormento para siempre.
-¿Tanto te dolió perder ese amor
puro?-insistió la mujer, mientras besaba tímidamente parte de la fría frente de
su cliente-.
La alimaña se sumergió en sí mismo, mientras
unas pocas gotas escurrieron por el lagrimal de sus ojos.
Incorporándose y poniéndose en cuatro patas
como una bestia salvaje sobre la cama, quedando la joven debajo de él, con
aquella mirada penetrante recuperada una vez más, pronunció:
-El dolor es lo que me queda por
arrastrar. Me privaron de lo que más amaba, me condenaron a una existencia
infinitamente repugnante en la cual el recuerdo se torna la principal arma para
sobrellevar mi existencia fría y compleja.
La mujer calló ante aquellas palabras. Ella,
una prostituta que a temprana edad se había visto involucrada en aquel mundo de
perdición, ella que había conocido principalmente el lado animal y sexual del
machismo, ¿qué podía decirle a aquel despojo de ser humano, que pese a su porte
y belleza se le rebelaba como un ser perdido y atormentado?, ¿qué palabras de
aliento podía darle, cuando su existencia era igual de miserable?
-Sabes-dijo Jessica finalmente
en un tono muy bajo, casi como temiendo lo que diría-mi vida no es lo que
crees, no soy feliz con el dolor y el placer. Es solo que, hay momentos en que
parece que todo te encadena a esas situaciones. Extensos instantes de dolor, en
los cuales, como puedes, te aferras a esos minúsculos soplos de placer, de
dicha y felicidad sin importarte que éstos estén absortos en una constante
línea de dolor.
-Y es así como amalgamas eso a
tu patrón de vida; no puedes vivir sin dolor y felicidad, crees que sin dolor
no hay felicidad, y sin felicidad no hay dolor.
-¿No es eso lo que te enseñan
después de todo?-musitó la chica, casi en un llanto ahogado para si misma-¿lo
que aprendes, de boca en boca y de experiencia en experiencia?
-¿Y porque la gente así lo cree
hay que continuar con esa cadena, con ese patrón de vida?
-¿Por qué me hablas de
esto?-indagó la muchacha con el entrecejo fruncido y absorta en la curiosidad repentina-¿Por
qué me comentas esto a mí?
-El porqué te hablo de esto, ya
te lo dije, quiero recordar, quiero intentar saciar un suceso, no quiero huir
de él, ya lo hice por muchos años, es tiempo de afrontar. ¿Por qué tú? Es el azar, pudo ser cualquiera de las otras
mujeres que estaban en aquel cuarto cundo entré, pudo ser en otro país, en otro
prostíbulo, simplemente te encontré: el destino quiso que fueras tú, no hay
más.
-¿Y qué es lo que exactamente
quieres recordar y superar?; ya que soy la puerta a eso, quiero saberlo cuando
menos.
-Quise recordar la tibieza del
cariño, quise recordar el sabor de un beso, quise recordar que pese a ser nada,
a estar sin ser, mi piel aún puede sentir, que no he caído al fondo de mi realidad.
Que aunque esté condenado a la más absoluta soledad, a permanecer en la gélida
lluvia, aún tengo la esperanza, no sólo del recuerdo, sino de no haber perdido
aquello que tanto me hizo vibrar; aún creo poder rescatar eso. Mantenerme
firme.
Sin decir nada, la mujer se fundió en un beso
mientras aferraba fuertemente sus manos a la fría espalda del ente.
-¿Hay lugar para tal
pensamiento?-refutó ella, una vez separara sus labios de los de él-.
-Para sufrir-respondió Rafael
mientras acariciaba una de las tersas mejillas de Jessica-no se necesita hacer
nada. Sólo quedarse viendo cómo el mundo se derrumba, y conformarte con las
migajas de felicidad que surjan de tanto en tanto. Si no doy lugar a tal
pensamiento, ¿no me estaría rindiendo sin luchar?
Un nuevo beso los unió, arremolinándose ambos
en la cama, mientras la sirena de alguna ambulancia se escuchaba como un eco
sórdido y lejano.
-Tu piel sigue fría-le reprochó
la joven prostituta mientras entrecruzaba sus piernas una vez más en las
caderas de su amante de paso-.
-Quizá solo una tuvo el poder de
calentarla. No te tortures, no es propio de tu oficio involucrarte de manera
emocional con tus clientes-.
-No, pero te dije que hay
algunos que valen la pena recordar.
-¿Crees que te he tratado como
una mujer y no como puta?
-Creo que me has enseñado algo
que no había vislumbrado antes.
-Entonces, puede ser que aún
tenga algo de humano dentro de mí, aunque mi papel esta noche no ha sido más
que el de un hombre en busca de sexo.
-Puede que sí, pero esta noche
también me regalaste más que unos cuantos billetes en mi cartera.
El ente, la alimaña de fría piel y mirada
penetrante se dio por satisfecho. Hincándose sobre la blanca y suave superficie
del cuello de la mujer que tenía bajo sí, hizo lo que mejor sabía hacer.
Fue un beso de sangre suave, lento y profundo
que sumió a la incauta en un transe de inmediato. Se detuvo antes de matarla;
no quería eso. Había comprobado que su existencia maldita aun mantenía un soplo
de humanidad, de amor, de existencialismo y virtud. El vampiro se incorporó
para cubrir con las delicadas sábanas el cuerpo desnudo de la mujer.
Se vistió con lenta meticulosidad. Una vez
terminada la acción, apagó las luces. Con paso lento se acercó a la pequeña
mesa circular donde la botella de vino aún permanecía tal cual la dejó la joven
por última vez. Depositó unos cuantos billetes a un costado de la misma. La
chica seguía sumida en un sueño profundo. Cerró las puertas del balcón. De
inmediato el sonido de la fuerte lluvia se tornó casi imperceptible, apenas una
molestia que en la profundidad del sueño, nada era. Sin más, salió de la
habitación.
-EPÍLOGO-
Al llegar al piso de abajo, la madrota, que
permanecía despierta mirando un programa de televisión, se mostró contenta,
cundo, después de varias horas, el cliente bajaba; el tiempo lo ameritaba,
cobraría una buena tajada.
Con la seriedad de siempre, la alimaña humana
se paró frente al mostrador, esperando que la mujer le entregase la cuenta. Así
lo hizo. Sin refutar, Rafael pagó el monto que la nota, exorbitantemente
exagerada para el prostíbulo de poca monta que era, presentaba. En el
intercambio de dinero, un breve contacto sucedió entre sus manos.
-¡Válgame el cielo!-exclamó la
mujer-¡usted esta frío como un muerto!
La alimaña sonrió casi imperceptiblemente.
-Quizá lo esté-dijo, mientras
habría la puerta de salida una vez tomó su gabardina-me separaron de la vida
hace años, intentar emularla es algo que me recuerda lo que fui, lo que viví y
lo que sentí, pero es tan solo eso, una emulación: “la vida es una sola, me
temo, si no se vive a plenitud y se lucha por ella, ninguna otra la suplirá”
La verdusca puerta amohosada se cerró
suavemente. El ente había regresado a su eterno vagar.
La siguiente obra es propiedad del autor. Queda prohibida su impresión o cualquier
forma de lucro económico sin el consentimiento del autor / Registro de la obra
en México DF, 2013.
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