Licantropía en el Siglo XXI



Alexander y Guillermo:
Licantropía en el Siglo XXI
































Alexander y Guillermo:
Licantropía en el Siglo XXI

Una novela escrita por:
Luis Andrés Ochoa.




























La novela que leerá a continuación es una historia ficticia con una gran cantidad de personajes de la misma índole, y otros tantos reales, pertenecientes a la historia universal. Asimismo, algunas instituciones existentes, o que existieron en algún período de la humanidad, se nombrarán y serán utilizadas para dar mayor veracidad a dicha narración. No obstante, se deja claro al lector que todo lo que aquí lea es entero producto de la imaginación del escritor.


Luis Andrés Ochoa














Capítulo I
-El Libro-





 Con una presencia casi mística, el doctor Alexander Wells, un hombre de sesenta y cuatro años, corpulento, de estatura normal y un rostro muy bien conservado para su edad, permanecía parado frente al gran ventanal de su despacho, mirando fervientemente las bulliciosas calles de una ciudad congestionada y sustentada por el imparable capitalismo; personas que iban y venían de un lado a otro olvidados de su propia existencia, programados únicamente para ser provechosos obreros de un sistema, hasta que la vida se les agotase.
 Las refulgentes luces de la nocturna ciudad del siglo XXI iluminaban con un matiz casi traslúcido las pululantes canas que cubrían la cabeza de Alexander. Apretando sus finos labios, suspiró.
 La gruesa puerta de madera, que imperaba como punto de mayor atención entre todos los muebles del despacho, se abrió lentamente hasta dejar ver, tras de sí, la figura de un hombre delgado y alto, vestido de manera casual, con un pantalón jeans azul claro, una playera blanca, con las iniciales de la marca finamente bordadas en el pecho y una camisa a cuadros por encima de ella, a medio remangar, que dejaba al descubierto unos brazos velludos.
-Señor Percastegui-reparó el hombre que se encontraba ya en la habitación-llega a buena hora.
-Lamento el retraso, profesor Wells, tuve que quedarme en el psiquiátrico de emergencia, el paciente recayó y hubo que darle un psicotrópico suave para sedarle.
-No tenga cuidado Guillermo, no poseo ningún apuro.
 Mientras hablaba, Alexander se encaminaba al magnífico escritorio que ostentaba aquel cuarto, un mueble amplio y bellamente barnizado, hecho que producía incontables reflejos a causa de los variados focos que iluminaban la habitación. Acercándose a un grupo particular de libros, el hombre apoyó sus manos en ellos en un claro gesto que le indicaba a su pupilo, tomara uno de los allí apilados. Así lo hizo.
 Sobre las manos de Guillermo, un tomo lo suficientemente antiguo como para haber sido impreso antes de su nacimiento, se imponía con un título lo bastante curioso  para capturar su atención: “Tome of Lycantropy in the Europeo of the Middle Ages, and more”.
 Al abrirlo, las amarillentas páginas emanaron un olor a humedad y tinta que de inmediato fue percibido por el sistema olfativo de su portador. Las diminutas letras que formaban palabras en inglés, capturaron rápidamente su atención.
 Mientras su compañero leía rápidamente algunos párrafos, Alexander dio paso a un breve comentario explicativo.
-Es un libro muy interesante, una recopilación del caso en cuestión desde los albores de la civilización europea, todos ellos autentificados por nobles de la época y clérigos de la inquisición. Aunque claramente no es ningún estudio de la patología en sí, ni fue escrito con la intención de ser una guía para la psicología o cualquiera de sus ramas, podremos ser capaces de ver en ella, con nuestros conocimientos en la materia, un lineamiento claro; patrones, por llamarlos así, de esta idea que algunas personas conciben: alucinaciones que les hacen creer que se transforman en animales, relacionándolos entre sí para obtener los lineamientos que éstos provocan; en la mayoría de los casos, grotescos y peligrosos para las personas que les rodean.
-Sin duda he escuchado de este tema, pero, ¿está diciendo que nuestro paciente…?
-¡Percastegui, me asombra!-dijo exaltado y sorprendido a la vez Alexander-usted es uno de los mejores alumnos que poseo, por eso le llamé, para que me apoye en este caso. ¿Cómo es que no se ha dado cuenta de esto?
-Bueno, profesor, la licantropía no es algo muy habitual, y el señor “Remic” nunca ha dicho o manifestado la creencia de que se transforma en un animal que lo induce a cometer sus actos barbáricos de comer carne animal y humana; temo confesar que no entiendo porqué usted…
-Ah, Percastegui, en este mundo globalizado, lleno de tecnología y ciencia, algunas cosas nos parecen ridículas, y la mayoría de las veces lo son, pero nunca debemos descartar que estas historias y cuentos mágicos poseen una raíz nada mágica, sino desentendida por el hombre de aquel tiempo y mitificada por sus pobres e ignorantes mentes. No estoy diciendo con esto, que nuestro peculiar paciente Remic es un hombre lobo, o que los testimonios que el libro que usted carga lo sean, todo lo contrario, sino que puedo sacar de todos ellos las características principales del síntoma que los aquejan: el mental-dijo, mientras señalaba con el dedo mayor de su mano su propia cabeza-Nuestro colega enfermo presenta, claramente para mi, algunos de los síntomas que lo hacen caer en la rama de la licantropía: correr desnudo por los parques de la ciudad, matar perros y gatos desgarrándoles la yugular de un mordisco, y en caso más recientes atacando niños, dos para ser específicos, uno felizmente a salvo, y el otro, con algunas mordeduras en su brazo, incidente que finalmente hizo que el depravado fuera arrestado por la policía y se le detectara el desorden psicológico. Pero terminemos esto por un momento, iré a la cocina a preparar café, la noche es larga y hoy nos desvelaremos. Si es necesario y lo considera pertinente, puede hacer uso del teléfono para llamar a su dulce y joven esposa, dígale que se quedará en mi casa unas horas, y que después pasaremos por el psiquiátrico, para finalmente regresar a mi hogar, ¡hágalo sin pena!, no es bueno preocupar a una mujer, y mucho menos dejarla angustiada en la cama, mientras espera ansiosa ver la silueta de su esposo pasar el marco de la puerta y arrojarse a sus brazos para así fundirse entre las cálidas sábanas del lecho matrimonial. Después que le llame, sumérjase en las páginas del libro que carga ahora en sus manos, le ayudará a entender mi punto.
 Tras lo siguiente, el profesor Wells salió del cuarto dejando a su compañero algo confuso por la inesperada orden que al fin y al cabo había recibido. Sonrió para sus adentros, después de todo Alexander siempre había sido así, espontáneo y con una sutil manera de comunicar algo que definitivamente terminaba convirtiéndose en una orden que no daba lugar al rechazo. En cuanto a su léxico rebuscado y bien trabajado, él ya se había acostumbrado; un Inglés educado a la antigua y muy culto, en un país latino como el suyo, llamaba sin duda la atención, pero tenía tantos años de haberle conocido y tratado, que esa forma parsimoniosa de hablar poco ya le impresionaba.
 Siempre se preguntó qué había orillado a Alexander radicar en su país, irónicamente nunca encontró el momento oportuno para cuestionarle.
 Sin más levantó el teléfono inalámbrico para marcar digitalmente el número de su casa. No tardó en contestar su esposa. La explicación fue corta, no encontrando mucha negativa o señal de resistencia ante la idea, sólo un pequeño suspiro ahogado que daba a entender el disgusto, la soledad que dormir sola le causaba, después, un pequeño silencio de resignación coronado con palabras cálidas y dulces, deseándole buena suerte, exhortándole que se cuidara y que le marcara desde su celular antes de que se encaminara para ahí, para así poder estar al pendiente.
-Así lo haré cariño, te amo-fue lo último que Guillermo pronunció antes de colgar-.


































Capítulo II
-La Historia de Simone 1° Parte-




 Acomodándose en uno de los esponjosos sofás que el cuarto de despacho regalaba, inició la lectura del curioso libro. Página tras página las historias asociadas con brujería, pactos con el diablo y todo tipo de misticismo iban siendo analizadas por su instruido intelecto como claros síntomas de un desorden mental, sobre todo, por parte de los denominados “werewolf”. Cuando hubo acabado con dos casos que el libro regalaba, tuvo inicio, quizá, el más impresionante que aquella noche pudo leer. La historia se narraba así:


 Yo, Thierry Bourg, noble de cuna, y encargado de que la ley se cumpla en Épinal, Francia, doy fe del siguiente caso, donde hombres y mujeres asociados con el diablo y a través de ungüentos mágicos, logran transformarse en lobos feroces que devoran los ganados de los habitantes, y en el peor de los casos cometen asesinatos, principalmente de niños y adultos vulnerables.
 Inicia esta historia quince años atrás, en el año 1631 de nuestro señor Jesucristo, cuando yo apenas comenzaba a ejercer cargos importantes en los asuntos de ley que competen a este lugar, y como el resto, los rumores de que, una de las más hermosas habitantes de este olvidado paraje tenía pacto con el diablo, para así poseer tan desmesurada belleza, llegaban a mi, sin ser muy claros o fidedignos en su veracidad.
 Resultó que, dichos bisbiseos, comenzaron a ser esparcidos cuando la hija de un simple criador de vacas y ovejas, con algún que otro caballo y gallinas, alcanzó la edad de dieciséis años, llegando a su cenit los dotes que toda mujer posee. En lo que a mi concierne, en aquellos tiempos, la joven hubiese sido una en el montón, de no ser por su singular belleza, cualidad que le hacía sobresalir, pero sin ninguna otra característica en especial. Según me es entendido hoy en día, la joven jamás fue instruida en la lectura o números, no es buena para las manualidades y apenas sabe lo básico para mantener un hogar provisto de comida. En aquel entonces, no me cabe duda, era igual.
 Solía, según me es entendido, pasear en las orillas del río Mosela acompañada de su hermano mayor, un desdichado que ha estado en prisión por robo de alimentos y disturbios menores, pero que en aquel entonces el diablo no se había apoderado de él, siendo un mocillo de diecinueve años, puro y bien atendido en las obligaciones de dios. Cuentan varias voces, continuando con el relato, que acostumbraban pasear por el mencionado río por las mañanas, cuando el sol apenas comenzaba a rozar el horizonte, siempre cargando baldes con los cuales acarreaban agua para su hogar.
 A medida que las semanas fueron pasando, varios hombres de la localidad comenzaron a interesarse en la moza, hombres que en dado caso nunca antes le habían hablado y que claramente desentonaban en edad, siendo estos, mayores por una gran diferencia de años. Como fuere, la negativa de la pequeña era rotunda, pese a que sus padres, a veces, insistían en que el casamiento era más que conveniente para las esperanzas que familia tan humilde podría poseer.
 Como este es un lugar pequeño, las lenguas cargadas de chismes siempre están prestas a surcar las calles y penetrar en las casas para hallar reposo en los oídos de sus habitantes, por lo cual, tarde que temprano, me enteré que dichos rechazos comenzaron a causar indignación y molestia, iniciando, lo que quizá fue el principio de toda esta historia: rumores acerca de que la niña era una (perdonen mi expresión) “maldita zorra puta, la cual se había hinchado de vanidad a causa de su belleza, y esperaba que algún hombre de buen aspecto, adinerado y noble se fijara en ella”. No me consta en lo más mínimo la validez de esta historia, es decir, si realmente esta era la idea que movió a la jovenzuela rechazar a los varios pretendientes que pidieron su mano, ni tampoco el siguiente rumor que contaré.
 Como todo, no siempre los murmullos son malos, y uno paralelo al que acabo de escribir tomó lugar, equilibrando la balanza. Este dictaba que la muchacha, pese a que su cuerpo era casi esculpido y moldeado por los ángeles, al igual que su bien proporcionado rostro, la pequeña no era más que eso, una niña que se encontraba aún prisionera de la hermosura de su morfología, que por algún capricho de nuestro dios todopoderoso y su hijo, nuestro señor Jesucristo, maduró antes que su mente, y la niña, como tal, en nada se interesaba en los hombres, los bienes económicos que un esposo le puede proporcionar y todo lo referente a lo que le debe corresponder a una mujer. De igual manera sucedía con su hermano, el cual tuve oportunidad de cruzar alguna que otra palabra en aquel tiempo, y por lo cual puedo dar toda fe, de que el chico, pese a que su edad ya determinaba el interés en mujeres,  parecía un niño, siempre haciendo bromas, preocupado por el cuidado de los animales de su padre y de las obligaciones que el cura del lugar le proporcionaba. Menciono, sí, que el chico acostumbraba frecuentar con una joven, si mal no recuerdo de su edad, pero nunca nadie dio pie a algún rumor indecente respecto a sus encuentros, y a los que todos compete, aquello tan sólo era una amistad pura, de esas que en estos días ya casi no se encuentran. Hasta este punto, me temo, soy capas de dar detalles sobre estos hechos, por lo que, para no inquirir en alguna mentira y desvirtuar el valor de este escrito, le daré por terminado.
 Continuando así, con lo que nos atañe, los rumores maliciosos que comenzaban a esparcirse sobre la altanería de la pequeña, con el pasar de los meses comenzaron a tornarse más y más duros, y en boga que, en toda Europa la inquisición en su santa lucha por eliminar herejes de la tierra demostraba que el diablo y sus demonios, más que nunca andaban suelto en toda la tierra conocida, instigando el mal y haciendo pactos con las personas para darle beneficios y poderes, a cambio de obediencia y culto, tomó lugar la idea de que Simone, este es el nombre de la tan cuestionada niña, había, de seguro, hecho algún pacto con el diablo para poseer tan singular belleza y así tener a cuanto hombre quisiese a sus pies (hago un paréntesis para dejar constancia que hasta el día de hoy, se desconoce que Simone haya utilizado a algún hombre para quitarle dinero, ganado, o algún otro bien material, contrario a lo que la gente comenta, aludiendo que su pacto con el diablo era para dicho propósito).
 Los rumores fueron tornándose más fuertes, y al cabo del año, la mayoría de los habitantes evitaban a toda costa relacionarse con la joven, que ahora con diecisiete años, parecía haberse embellecido aún más. Contrario a lo que se podría pensar, esto no afectó los negocios que su padre mantenía con el resto de los parcelarios o la relación que su hermano poseía con la gente del pueblo; eso sí, si las personas podían evitar ir a la parcela donde ella y su familia habitaban, y hacer los negocios con su padre en la ciudad, o en sus propias casas, no lo ponían en duda.
 Los hechos desagradables, que se han desencadenado en el presente juicio que acabo de sentenciar, y el cumplimiento del mismo, apenas hace dos días, fueron los siguientes:
 Una mañana del año 1632, llegaron al edificio donde trabajábamos los hombres de ley, lugar donde yo comenzaba, como bien mencioné anteriormente, a ejercer algunos papeles importantes en cuanto al cumplimiento de las leyes y toda su parafernalia, dos hombres cuyos oficios era el de criar ovejas para extraerles la lana, el uno acompañando al primero, el cual, en sus manos, sostenía el cadáver de uno de sus animales cercenados del cuello, en la vena principal que por allí transita, y con parte del vientre completamente destrozado. El hombre exigía que la guardia del lugar buscase al culpable, pero fácilmente fue desestimado, diciéndole que aquella muerte fue causada, de seguro, por algún animal feroz, como un perro salvaje o algún lobo extraviado.
 Dicho suceso hubiese pasado desapercibido, de no ser que a las dos semanas y media de ocurrido el mismo, un nuevo caso se presentó, ahora con animales pertenecientes a otro hombre de la región. Como era de esperarse, los rumores de que una bestia feroz andaba suelta, asustó de inmediato a los habitantes de la ciudad, quienes raudos pidieron una búsqueda del mismo y su muerte, presentando su cuerpo como prueba de que el peligro había sido eliminado.
 Sin otra opción, en estos casos siempre es menester complacer a la chusma, dio inicio un sondeo del área fuera de las murallas que protegen a la ciudad, con la intención de encontrar al animal. En todo caso, fue un fracaso. Para calmar al gentío, se les informó que, con seguridad, la bestia había huido asustada. Fue una buena idea, la misma resultó un placebo hasta que un mes después, un nuevo suceso, similar a los anteriores, tomó lugar. Fue en este punto, cuando las autoridades comenzaron a prestar atención al fenómeno, mandando hombres que patrullaran las áreas rurales y los pocos accesos (caminos) que hay para llegar a la cuidad. Nada peculiar fue visto, en contraparte, los asesinatos de animales continuaban, ahora extendiéndose a aves, tales como gallinas, patos y toda alimaña de corral y de poco tamaño, fácil para cazar.
 En un lugar como éste, no fue de extrañarse que los rumores y la imaginación de la gente, comenzara a fantasear con que el diablo y sus ángeles renegados estaban rondando la zona, asistiendo a casi todas horas a la iglesia y pidiéndole al cura que elevara rezos a dios a favor de todos ellos.
 Este suceso, en el cual los animales aparecían muertos en el descampado o en sus corrales, se prolongó por un período aproximado de un año y medio, tomando inicio en 1632, hasta que, en el mes de Junio de 1633, finalmente la población se terminó de desquiciar.
 Resultó pues, que a finales del mes, es decir entre el 27 y 28 de Junio (dispensarán que no recuerde con exactitud la fecha, pero tiene varios años ya de dicho acontecimiento) un pescador de la zona, junto con su esposa, reportaron la desaparición de uno de sus cuatro hijos, el tercero en nacer, una niña de seis años de nombre Dafnée Fournier. La búsqueda de la pequeña comenzó de inmediato, hasta que el cadáver de la infanta fue hallado al pie de un gran árbol, semi-vestida, con las mismas características que los animales presentaban, es decir: la garganta cercenada por el desgarre de una mordedura, y parte de las viseras y miembros comidos por el animal. Según el médico local, en compañía del cura, los disgustados padres y algunos hombres de ley, en representación a su majestad, confirmó que el asesinato había sido con la intención de matar a la niña y alimentarse de ella, ya que no encontró ninguna señal de que la pequeña hubiese sido mancillada, entendiendo, también con esto, que nos enfrentábamos a un animal y no a un hombre trastornado.
 El pánico que tuvo lugar fue sin precedentes. De ser una comunidad alegre, rebosante de vida, el lugar se tornó una ciudad fantasma, donde la gente que transitaba por las calles y en las zonas rurales, lo hacían armados casi para la guerra.
 Fue finalmente el diez de Julio, cuando una mujer, atacada por la feroz y vil alimaña, y logrando escapar de sus fauces, reportó la apariencia del animal que estaba asesinando bestias de ganado, aves y personas.
 Según el documento que se levantó en aquel momento, y el cual trascribiré tal cual, dice:


                       











El año, 10 de Julio de 1632 de nuestro
 Señor Jesucristo.
Épinal-Francia.


 Yo, Donatien Blanc, principal autoridad de Épinal conferida por su majestad el Rey Luis XIII, conocido, igualmente, como el Justo, doy testimonio y fe del interrogatorio resultante a: Floryne de Dubois, mujer de veinticuatro años, esposa de Guilles Dubois, tercer panadero del lugar, de veintiséis años de edad, y de cuya unión nacieron: Graciane y Fantine Dubois.
 Relata la mujer, que de camino a la casa de sus padres, temprano por la mañana, cuando el sol aún no rozaba el horizonte, y con la intención de llevarles el pan fresco que su esposo acababa de hornear, transitando uno de los caminos creados por el deambular diario y no por decreto, apenas alejándose del pueblo, y dando fe que la casa de sus padres apenas está en las afueras del mismo, y que de dicha casa, la ciudad de Épinal, con sus murallas y castillos, se ve con toda claridad, fue atacada por una especie de ser humano, agresivo y con la mirada salvaje, cual animal. En primera instancia dicha aberración se lanzó a la yugular de la indefensa víctima, pero ésta interpuso, según relata, la canasta en donde llevaba el pan, evitando así que la intención perversa del demonio no fuera cometida.
 No terminando ahí la historia, aquel ser rabioso, el cual la afectada describe con un rostro entre humano y animal, con una larga cabellera enmarañada, y que por la cual podían verse, bajo los últimos rayos de luz de luna, una dentadura blanca, surcada por unos labios grotescos y en clara expresión de odio o furia, continuó con su ataque, hincando su ya descrita dentadura en uno de los brazos de Floryne. Es aquí (comenta ella), donde se percató que aquel ser era del género femenino, ya que al abalanzarse sobre si, ilustra que sintió claramente los bultos que toda mujer porta en su pecho una vez alcanzada la madures, y también el suceso de que aquel ser, estaba completamente desnudo, embadurnado, al parecer, por un fango pegajoso y pestilente, mismo que presentó como prueba, puesto que  había quedado impregnado en las prendas que portaba al momento de ser atacada; otra prueba presentada fue el mordisco que recibió en el brazo, el cual claramente parece ser entre una mezcla animal y humana.
 Continuando con el relato, la mujer comenzó a patalear, y fue, al parecer, lo que hizo que aquella alimaña saliera asustada, o quizá adolorida por algún fuerte puntapié.
 En su huída, Floryne describe cómo el animal salió corriendo de manera antinatural, y según palabras de la víctima, “parecía como si quisiera caminar en dos y cuatro patas a la vez, una, apoyando alguno de sus brazos en el piso y encorvando su cuerpo, otras, manteniendo ambos brazos despegados del suelo, corriendo en dos pies, aunque siempre mantenía una postura encorvada”.
 Después de este horripilante encuentro, la mujer regresó con su marido, y una vez contado lo sucedido acudieron a mi, quien en nombre de su excelsa majestad, Luis XIII, cumpliré mis obligaciones y tomaré las acciones pertinentes para dar caza a tal inhumana alimaña, y proteger así a los súbditos de su majestad.
 Dando fe y constancia del presente relato:


Donatien Blanc








Como se puede esperar, tal descripción no tardó en escucharse en cada rincón de la ciudad, propagada en algunos casos, por la víctima y sus familiares, y en otros, por el chisme insaciable de la chusma.
 Confieso que, cuando dicha descripción llegó a mis oídos, yo mismo fui presa de un pánico inexpresable, y debido al mismo, tomé medidas en mi casa, tales como clausurar ventanas y poner mayor cerrojos a las puertas, con el propósito de proteger a mi esposa e hijos. Muy probablemente, mucha gente hizo lo mismo que yo.
 Conciente de las funciones que mi cargo amerita, no obstante, tuve que hacer caso omiso del terror que dicha descripción me provocaba y servir a cabal juicio mis obligaciones con la ley, nuestro rey y dios, esto incluso si significaba deambular por las calles a altas horas de la mañana o de la noche, siempre portando algún arma conmigo y sintiéndome aún inseguro, incluso, dentro de los muros de la ciudad.
 Para el mes de Agosto, en un lapso de tres semanas, nuevas víctimas humanas y animales fueron halladas: una niña de catorce anos, y dos niños, uno de ocho y el otro de diez. En cuanto animales, una oveja y unas cuarenta o cincuenta gallinas y sus crías.
 En ese tiempo, también, varios hombres aseguraron haber visto corriendo por los matorrales un ser medio humano, medio animal, que pegaba escalofriantes alaridos a modo de aullidos de lobo, siempre en la noche, cobijado al parecer por el poder que ésta le da por parte del diablo.
 No sé si todas las visiones que la gente juró ver fueron reales, o tan sólo el miedo y la superstición causó ver cosas que no estaban allí, o fue el hecho de llamar la atención en la comunidad, lo que incitó a esos hombres y mujeres hacer tales afirmaciones, pero la verdad era que, en aquel entonces, los mencionados sucesos, según tengo entendido, comenzaban a ser un rumor en todo el país, e incluso fuera de éste, y para nosotros un completo y total misterio, debido a que toda acción que tomábamos para darle caza, incluso utilizando animales como carnada, nunca rendían frutos.
 En estas condiciones terminó el mes de Agosto y Setiembre inició sin ninguna luz que aclarara el panorama. Así fue hasta que, no sé de dónde, ni cómo, pero sí que, más o menos a mediados de dicho mes, el vulgo comenzó a asociar a dicha alimaña con Simone, dando a entender, y reavivando aquella antigua difamación, que su belleza había sido obtenida a través de un pacto con algún demonio o el mismísimo diablo, convirtiéndose en su consorte. “La putain du diable”, fue la nueva manera para referirse a ella.
 Con el paso de los días, algunos comenzaron a esparcir el rumor de que habían visto al monstruo correr desnudo por el campo, distinguiendo, según ellos, el rostro de Simone mezclado con aquel aspecto animal y feroz. La idea de que Simone era la causante de tales desgracias, se expandió de tal manera y con tal fuerza, que esta vez los problemas fueron inmediatos para los familiares de la joven.
 Su hermano, aquel chico casi considerado un santo, comenzó a ser hostigado constantemente por niños, adolescentes y adultos, insultándolo, desprestigiándolo de que seguro él y su hermana fornicaban juntos para deleite de Lucifer o haciéndole recordar que él era el hermano de “la putain du diable”.
 Fue cuestión de tiempo para que el chico fuera arrastrado a tal punto que no encontrara otro método más que la violencia como única fuente de escape. Paralelamente, la gente dejó de negociar con su familia, e incluso llegaron al extremo de negarles la venta de alimentos, lo que ocasionó que la parentela Dómine cayera en desgracia, pues imposibilitados de vender o comprar, no les quedó más remedio que comenzar a subsistir de sus propios animales, comiéndose literalmente su patrimonio.
 Para todo esto, Simone no había sido vista por ningún ojo mortal desde hacía algunos meses, aunque no faltaban algunos que afirmaban que le vieron a orillas del río Mosela, recogiendo agua con su hermano, “tan hermosa y despampanante como la misma Virgen María”.
 Finalmente, en el mes de Noviembre, según el acta proclamada el día 15 de dicho mes, de 1632, La criatura fue capturada en un trabajo en conjunto con la población y las autoridades del lugar, entrada ya la noche, cuando la luna estaba en lo más alto del cielo, alumbrando con gran fulgor la campiña francesa.
 Metida en un saco de arpillera, de los utilizados para transportar harina, arroz, o alguna otra cosa que pudiera ser menester, y a base de puntapiés, golpes con palos y latigazos, la alimaña fue transportada a la plaza principal, donde se irrumpió en la iglesia para tocar la campana y así congregar a la población.
 No sé si habrá sido cerca de la una o dos de la mañana cuando el repicar de la campana me despertó y en cuestión de minutos fui alertado del suceso que estaba tomando lugar. De inmediato partí para el terreno indicado donde tomarían ocasión los hechos.
 Cuando llegué a la plaza, el gentío lucía alborotado y el ambiente completamente enrarecido. Pude notar cómo en los ojos de los ciudadanos una rabia inexpresable emanaba de ellos. Por mi propia seguridad decidí apresurarme y reunirme con mis camaradas.
 Gracias a mi posición, no me fue difícil conseguir un buen lugar para ver el espectáculo que se estaba presentando.
 Creyendo que el momento era preciso, puesto que ya había suficiente gente reunida, el grupo de hombres que dieron caza al animal que por tanto tiempo causó terror y pánico, fue expuesto ante todos, introduciéndolo a golpes en una gran jaula de metal, imposible de romper, como quedó demostrado cuando aquella “cosa” comenzó a golpear con gran ahínco las barreras que le aprisionaban sin poder destruirlas.
 Pese a que el barullo de la población era abrumador, cuando la bolsa de arpillera fue removida de la bestia, el silencio, más frío y áspero que el beso de la muerte, se apoderó de cada uno de los allí presentes.
 Ante nosotros, la imagen de una mujer desnuda, untada por completo en un fango pestilente, al parecer barro mezclado con algún tipo de yerbas y heces de animales, comenzaba a erguirse en dos patas, aunque manteniendo una postura semi encorvada en todo momento. A simple vista algunos rasgos peculiares resaltaban en el contorno de aquella grotesca silueta; de cabellera larga que cubría gran parte de su cara, pero que de tanto en tanto dejaba ver unos ojos vidriosos que reflejaban la luz de las antorchas como si  fuesen vidrio pulido, y una dentadura completamente de afuera, como si los labios se contrajeran sobre la encía dejándola completamente visible al igual que unos dientes blancos y muy bien formados.
 Pasando un par de cuerdas tras los barrotes, y con una gran habilidad por parte de los hombres que realizaban dicha tarea, lograron sujetar a la mujer por su cuello, ahogándola,  y facilitando así, el aprisionar sus manos y piernas de la misma manera. Una vez creyeron que la aberración estaba suficientemente sujetada e inmovilizada, un valiente introdujo su mano para descubrir el rostro de aquel ser entre la maraña de pelos duros y enlodados que le cubrían.
 Lo que se vio, una vez más produjo un silencio horripilante; sin duda aquella mujer era Simone, completamente desnuda y cubierta con algún ungüento, pero era la expresión que su rostro expresaba, lo que hacía dudar que fuera humana, que fuera Simone, por lo menos en parte, ya que su gesto contraído asemejaba a los de algún animal salvaje, al igual que su mirada, completamente carente de cualquier signo de inteligencia, vacía y con una rabia tan feroz como la de los lobos o los perros cuando están en posición de ataque. De igual forma, la manera en que mostraba su dentadura, tan perfecta y blanca, recordaba al de un animal. Dios sabe que sólo le faltaron los colmillos para confundirla por completo con uno.
 Pese a tan dramática descripción que doy de lo que vi en aquel momento, no puedo hacer caso omiso de que en aquella cara, los rasgos de la bella Simone estaban presentes, muy ocultos tras ese animal que se nos presentaba enjaulado.  
 Sin saber con exactitud qué era lo que se debía hacer, el populacho comenzó a cuchichear entre sí, dejando escapar de tanto en tanto la ya popularizada expresión, con una sutil variación: “¡Elle est la putain du Diable, de la tuer!”
 Fue en este punto, cuando aún perplejos ante aquel horroroso descubrimiento, y a un paso de buscar alguna cruel manera de matar a… no sé si escribir mujer o animal, que el señor Donatien Blanc tomó las riendas del asunto, ordenando de inmediato que llevaran a la prisionera lobo-mujer (así la llamó textualmente el señor Blanc, supongo yo, por la fiereza y similitud que la mujer había tomado con dichos animales, y los relatos que habían llegado con anterioridad a Épinal), a las mazmorras del castillo. Fueran por su familia, y así, al día siguiente, por la mañana, se llevara a cabo un juicio justo, determinando con éste, si Simone era culpable de algún crimen contra los animales y personas. También, para que diera una explicación de su desgraciado estado de desnudez.
 Aunque al populacho no le gustó, y sin duda le hubiera agradado golpear a la joven mujer allí mismo hasta la muerte, no hicieron mucho tumulto, en parte, quizá, porque sabían que difícilmente algún infeliz escaparía del juicio con todos los delitos que se le imputarían.
 Recuerdo la mañana del 15 de Noviembre con perfecta y nítida claridad, como si hubiese ocurrido ayer, por lo que proseguiré a relatar el juicio que tomó lugar aquel día a las diez de la mañana, en la plaza principal de Épinal, entre las murallas que protegían la ciudad y cuyos testigos fue toda alma viviente que rondaba por el recinto.
 




Capítulo II
-La historia de Simone 2° Parte-


 Con el sol, haciendo su siempre eficiente trabajo de iluminar la tierra, según disposición de nuestro Dios y su hijo, nuestro Señor Jesucristo, la mañana del 15 de Noviembre de 1632 era perfecta, con un cielo completamente celeste y sin presentar una sola nube en el mismo.
 Cuando el juicio tomó lugar, demás está redactar que todo el pueblo, sin excepción de una sola alma viviente, se encontraba allí.
 La acusada, es decir, Simone, fue presentada  al gentío, y para sorpresa de todos (me incluyo), como la joven hermosa que todos conocíamos, nada que ver con la criatura que horas atrás había sido expuesta tras las rejas, aunque sin duda, su rostro, no presentaba la alegría característica de las mujeres de su edad, sino que se miraba sombrío, tosco, como si guardase algún resentimiento muy reprimido hacia todos los presentes. Portaba también un vestido precario que cubría su desnudez.
 Según la segunda parte del acta que se levantó ese día, después de explicar la manera en la que la acusada había sido capturada y el estado en el que estaba, su juicio se lee así:













El año 15 de Noviembre de 1632 de
Nuestro Señor Jesucristo
Épinal, Francia

 …Siendo la acusada, Simone Dómine, interrogada a causa del estado en que anteriormente fue descrito, es decir, desnuda y cubierta con una especie de ungüento, la imputada contestó:
 “El ungüento es una mezcla de barro de pantano con yerbas poderosas, sangre caliente de algún animal pequeño y excrementos secos de lobo”
 Cuando se le interrogó acerca de cómo había obtenido dicho conocimiento, contestó:
 “Cierto día, hace ya algún tiempo, conocí a una mujer que pasaba por la comarca, de edad algo entrada, que inesperadamente me habló mientras  regresaba acarreando un galón de agua, tomada del río Mosela, a casa. La mujer dijo que podía ver en mí el sufrimiento que acarreaba, que hacía mucho tiempo ella había pasado por lo mismo y que a través de un secreto pudo tomar venganza de quienes le habían hecho daño. Tal vieja me dijo que podía darme el conocimiento a cambio de comida durante el tiempo que tardara en aprender”.
 Cuando se interrogó a la acusada en qué consistía dicho conocimiento, respondió:
 “El conocimiento consiste en saber las medidas necesarias y los ingredientes para poder crear un ungüento, que por las noches permita a una persona transformarse en un animal salvaje, una vez el bálsamo es untado en todo el cuerpo”.
 Cuando realicé la siguiente pregunta; ¿está usted, Simone Dómine, dando a entender que por medio de la brujería puede conseguir transformarse en un animal salvaje?, ella contestó:
 “Sí, en un lobo”.
 Cuando se le cuestionó acerca de la forma en la que actuaba cuando fue atrapada, es decir, de manera salvaje, antes y una vez metida en el saco de arpillera y posteriormente en la jaula, contestó:
 “Si bien esa era yo, al mismo tiempo no lo era, pues quien actuaba era el lobo que tomaba mi cuerpo, aunque yo en todo momento era conciente y podía ver lo que éste realizaba”.
 Ante esta declaración se le imputó la siguiente pregunta: Según lo que está dando a entender, ayer en la madrugada, cuando fue capturada, no fue usted, sino el lobo, el cual alude puede transformarse. Si esto es así, ¿qué hizo para cambiar?, es decir, ¿por qué hoy en la mañana, cuando los guardias fueron a buscarla en el calabozo se encontraron con usted, actuando como una persona normal, y no con las salvajes características de hacía tan solo unas horas?, a lo que la inculpada respondió:
 “El efecto del ungüento puede durar unas cuantas horas, pero siempre perderá su poder una vez el primer rayo del sol asome en el horizonte, haciéndome regresar a mi condición de persona”.
 Cuando a la interrogada se le preguntó si era ella la causante de la matanza de los animales de campo, tales como ovejas, terneros, gallinas, patos y alguna otra clase de ave de corral, respondió:
 “Soy plenamente conciente que, cuando el lobo tomaba control de mi cuerpo, mataba a estos animales para alimentarse, o en algunos casos únicamente por deleite”.
  Cuando se le preguntó: Conforme a lo que acaba de comentar, este “lobo”, ¿mataba movido por su posible instinto animal, o usted tenía alguna manera de hacerle saber los animales de qué personas asesinar?, a lo que respondió:
 “Ambas, en algunos casos los animales que asesinaba lo hacía por hambre, en otros, era mi deseo el que le movía a matar”.
 Cuando se le preguntó: ¿Entonces usted tenía deseos de causarle algún mal a las familias de dichos animales?, ella respondió:
 “Sí”.
 Cuando se le interrogó acerca de los asesinatos de niños y adultos, acusándola y cuestionándola acerca de que era ella quien había cometido tan bárbaro acto, respondió:
 “Si, en todo momento ordené al lobo que asesinara a los niños y adultos”
 Cuando se le preguntó: ¿Cuál fue el primer asesinato humano que cometió, según usted, en su apariencia de lobo?, la acusada respondió:
 “Dafnée Fournier, una niña, hermana de Emilien Fournier”.
 Cuando se le cuestionó acerca de los motivos por los cuales había asesinado a seis niños pequeños, cuatro adultos, un anciano y un intento fallido, es decir, Floryne de Dubois, la acusada, pese a la insistencia, no respondió.
 Cuando se le preguntó: ¿Está usted, Simone Dómine, conciente que no sólo puede ser condenada por la ley, debido a los crímenes que, de una u otra manera realizó, y que en este lugar, en presencia de todas las autoridades de Épinal, sus habitantes, Dios y su hijo el Cristo, confesó, sino que también puede ser acusada de brujería y condenada por la Santa Inquisición? La joven respondió:
 “Sí, estoy conciente”.
 Dada la presente confesión redactada en este documento, y en nombre de Rey Luis XIII, cuya autoridad recae en mí, Donatien Blanc, en la ciudad de Épinal, condeno a Simone Dómine a cadena perpetua, por los asesinatos premeditados de animales y personas de ya mencionada localidad, y dejo en total libertad a la Santa Inquisición de Francia, cuando lo considere pertinente, revisar dicho caso, que bien posee referencias claras a artimañas de brujería, y acatar su resolución, sin ninguna contradicción, referente al destino de la hereje.
                 

Donatien Blanc.

 Terminado una vez el juicio, y dada la resolución de cadena perpetua, no tardó en hacerse sentir el malestar general de la población, queriendo ésta, que la rea hubiese sido condenada a la horca o la guillotina. Sin importarle tal parecer al señor Blanc, puesto que era hombre que nunca se retractaba de sus acciones, mandó a Simone ser encerrada en una de las mazmorras del castillo principal de la ciudad, en una habitación sin ninguna ventana al mundo exterior, luz y contacto con ser vivo alguno. Siendo esta disposición así, quedaba completamente vetado que algún carcelero le abriera la puerta para darle de comer o limpiar la mazmorra, su alimento sería entregado por una pequeña abertura en la parte inferior del grueso tablón que fungía como puerta y ésta sería entregada o depositada directamente en el piso, careciendo de cualquier utensilio en el cual se pudiera servir.
 Es menester hacer alusión que, antes de que Simone desapareciera de la mente de la chusma por muchos años, a las dos semanas de haber sido condenada y encerrada, es decir a poco de concluir el mes, el populacho consiguió, a través del la iglesia local, una orden de la Santa Inquisición para recolectar pruebas que pudieran confirmar que dicha rea tenía lazos con el diablo y toda su sarta de hechizos engañosos.
 Como bien he comentado en líneas anteriores, desde hacía gran tiempo, la gente comenzó a cuchichear que la joven mantenía relaciones con el diablo para obtener dicha hermosura, y ahora, claro está, fue agregado el conocimiento de transformarse en un lobo.
 Basados en esta idea y a raíz de que la Santa Inquisición mandó aquel edicto al cura local, el cual exhortaba reunir suficiente información como para que ameritara el envío de representantes, Simone fue previamente llevada, una vez más, a un acto público, donde en presencia de todos, fue desnudada, y un médico en vigilancia del sacerdote, revisó la castidad de la joven.
 Aunque confieso que el resultado me sorprendió, el edicto del doctor Gaëtan Girard fue que Simone no era doncella.
 En ningún momento pongo en tela de juicio la honestidad del doctor Girard, siendo él, médico de mi familia y de mi persona, pero sin duda, el dictamen levantó un gran revuelo en la población, confirmando sus teorías que dictaban, que la chica, desinteresada por los hombres, fornicaba con el diablo y sus demonios en orgías alrededor de una hoguera, para después colocarse el mencionado ungüento y transformarse en lobo.
 “Lupins”, fue la nueva manera para designarla, aludiendo a los casos que sacudieron a Francia en años anteriores, respecto a los “Lupus-Garou”, hombres que tenían la cualidad de transformase en lobos y que fueron enjuiciados conforme la ley. No obstante, y de acuerdo a la tradición que dicta que las “lupins” eran mujeres-lobo inofensivas, la idea que se crearon respecto a Simone, fue todo lo contrario.
 Comentado este capítulo, Simone fue nuevamente encerrada en las mazamorras, y con el pasar de los años, la historia de sus atrocidades comenzaron a contarse como cuentos para asustar a los niños, aunque siempre hacían resaltar la idea de que, en alguna de las celdas del castillo, la mujer lobo estaba encerrada, sedienta de sangre y hambrienta por carne de pequeños.
 Llegó a mis oídos, ya en el año 1636, que la madre de Simone había fallecido, al parecer de muerte natural, y que al cabo de unos cuantos meses, su ahora viudo padre, partió para alguna otra localidad del país, según los rumores, tras una mujerzuela que se dedicaba a la actuación. Respecto a su hermano, como ya he preescrito anteriormente, se entregó al bajo mundo, ahogándose en la bebida y las peleas callejeras, situación que desde siempre le ha estado haciendo vivir más en una celda, como su hermana, que en su casa.
 Variados rumores podría contar acerca de lo que se comenta de él, tales como, que le da igual acostarse con mujeres que con hombres, o que de vez en cuando le es permitido ingresar a la celda en donde yace su hermana, para así realizar rituales en adoración al diablo, y orgías grupales que involucran incluso a los celadores del recinto.
 Por supuesto que esto son solo vil calumnias al respecto del joven y la guardia de la ciudad, puesto que como hombre de ley, soy muy conciente de las cosas que suceden tras las murallas del castillo, y con toda claridad puedo decir que en las mazmorras del mismo, la propia palabra placer es una burla al recinto. Allí tal sensación o alusión no existe, y jamás será permitida.
 Respecto al resto de las alusiones que se le infieren al hombre, otra vez, soy incapaz de afirmarlas o negarlas, desconociendo completamente los hechos.
 Transcurrieron así, desde el inicio de esta historia, en el año de 1631 hasta 1646, quince años, estando ahora bajo el mando de su ilustrísima excelencia el Rey Luis XIV hijo del difunto monarca Luis XIII; y estando yo, ejerciendo uno de los cargos más importantes a los que he podido aspirar, narraré el suceso que vino a sacar de su pútrida celda a Simone Dómine.
 Iniciando el mes de Marzo, del presente año, es decir, 1646, el cura interino me presentó una carta de la Santa Inquisición Francesa, enviada recientemente, preguntando si la rea, Simone Dómine, continuaba aún con vida, para así mandar emisarios que le dieran justo juicio en nombre de su santidad el Papa Inocencio X y nuestro señor Jesucristo.
 Para dar honrada contestación a la santa petición, me dispuse visitar el calabozo donde Simone había permanecido encerrada por catorce años, y confirmar así, que la desgraciada aún continuaba con vida.
 ¿Cómo expresar lo vivido en aquellas horas?, ¿cómo relatar la impresión que tal escena causó en mi? Intentaré, de la manera más diligente, reconstruir aquel hecho con toda fidelidad.
 Una vez llegado al castillo, y descendiendo por húmedas escaleras, siempre guiado por un guardia que se me asignó exclusivamente como guía, llegamos al área de las mazmorras. Aunque ya había estado allí en algunas ocasiones, gracias a dios, nunca como prisionero, el lugar no dejaba de impresionarme y causarme extrañas sensaciones por todo el cuerpo. Para darme a entender con mayor precisión, diré que el aire allí se torna húmedo, con un cierto sopor que dificulta respirar. Supongo que la mala ventilación es la causante de tal acontecimiento.
 Continuando, el joven y corpulento hombre que me guiaba, me condujo por  intrincadas galerías y cámaras, donde, en algunos casos, las celdas, a modo de jaula, permitían ver a los desdichados cual cadáveres agonizantes en un rincón del piso, con sus rostros casi desfigurados por el hambre y sus huesos sobresaliendo horrendamente tras sus pieles y la poca o nula carne que pudieran poseer. En otros casos, arcos enteros se destinaban a mantener a los condenados colgando por gruesos grilletes en sus muñecas. Siempre pensé que esta postura realmente debería ser un suplicio.
 Cuando finalmente comenzamos a llegar a la mazmorra donde Simone estaba alojada, un olor nauseabundo de heces y orín humano penetró mi nariz como un demonio ansioso por poseer mi alma. No tuve más remedio que cubrirme las fosas nasales con el pañuelo que portaba. Distintamente, el guardia que me acompañaba, simplemente presionó su nariz con la yema de su pulgar y el resto de sus dedos, en un claro gesto que indicaba que percibía aquel hedor, pero que no era tan poderoso como para sofocarle.
 Después de comunicarme que la puerta que estaba frente a nosotros no había sido abierta en los catorce años de cautiverio de la rea, a excepción de aquella vez donde se la sacó para humillarla públicamente respecto a su castidad, él, al igual que el resto de los guardias que durante estos años se estuvieron turnando la custodia de la celda, nunca escucharon sollozos, insultos, suplicas o algún indicio de que alguien allí estuviera vivo. Sin embargo, con el pasar de los años, el hedor de las heces y el orín fue en aumento, aunque hoy en día ninguno sabe decir que el olor que se percibe es debido a los excrementos de antaño, o aún, la mujer allí encerrada, los sigue produciendo. En lo que confiere a la comida, tampoco tenían idea si los pedazos de pan y los pequeños platillos de agua que se introducían eran utilizados o pasaban a ser el sustento de las ratas, que por esa zona parecían aparecer por cientos.
 Para que este misticismo finalmente llegara a su fin, y para que yo pudiera dar finalidad a mi empresa con diligencia, ordené al guardia que removiera los enormes candados que aseguraban la puerta, y quitara el grueso tablón que le atravesaba.
 Cuando los engranes comenzaron a girar, de inmediato una pestilencia concentrada fue expelida del oscuro recinto que se presentaba. Esta vez, incluso el guardia que me acompañaba se vio obligado a taparse la nariz con la mano.
 Rápidamente comencé a alumbrar con la antorcha el interior de la prisión, siempre evitando entrar en él.
 A medida que la luz destruía la oscuridad, podía ver, en el piso, una alfombra de excremento amohosado que se revelaba con tal impresión, que no pude evitar vomitar en el acto.
 Mientras me reponía, el celador recostó la puerta casi hasta emparejarla.
 Cuando dispuse renovadas energías, retomé lo que había abandonado a causa del asco. Finalmente vi lo que quería ver. En un rincón, asustada, al parecer por la luz de la antorcha, la mujer conocida como Simone Dómine, se agazapaba como un animal aterrado, completamente desnuda, situación que me permitía ver el deplorable estado en el que se encontraba; casi en los huesos, con unos senos marchitos que colgaban como piel curtida, una cabellera extremadamente larga que cubría parte de su encorvada espalda, la cual dejaba ver las protuberancia de sus huesos como si se tratasen de púas. De lo que respecta a su rostro, vi lo que, aquella madrugada del 15 de Noviembre de 1632 vi junto a todo el gentío. Un animal salvaje, con la mirada completamente carente de pensamiento, con la encía y los dientes de fuera, que ahora, a causa de la flacura que la infeliz presentaba, se veían más aterradores y marcados. Sus pómulos contraídos, al igual que su seño, formaban una expresión que difícilmente olvidaré, tan salvaje que la idea de que aquella mujer se había convertido en una “mujer-lobo”, me resultó palpable y completamente tangible.
 Comprobado así que Simone continuaba con vida, salí del recinto para sopesar la impresión de lo vivido.
 Una vez en mis tareas, y escribiendo la contestación a la Santa Inquisición, es casi una obligación dejarlo constatado aquí, que cruzó por mi mente el pensamiento de cuán increíble me era convencerme a mi mismo, que aquella criatura arrinconada, fue alguna vez la mujer más hermosa del lugar que estuvo en boca de todos. También comprendí el poder que las mazmorras pueden ejercer.
 Para Mayo de 1646, finalmente los representantes de la inquisición llegaron a Épinal con la única obligación de atender el caso de Simone Dómine, resultado de mi carta, y la confirmación que en ella se expresaba, conforme a la pregunta que habían planteado.





















Capítulo III
-La Historia de Simone 3° Parte-


 El cuatro de Mayo 1646 los dos representantes de la Santa Inquisición: Gratien Morel y el Cardenal Jean-Paul Bernard, arribaron a la ciudad de Épinal, iniciando sus actividades al día siguiente con la mayor presteza y diligencia que jamás vi, la misma que intentaré plasmar en las consecutivas hojas.
 Pidiendo estos hombres un cuarto donde poder interrogar a la susodicha, de preferencia en alguna torre o habitación aislada, donde ningún ojo indiscreto pudiera tener lugar a ver lo que adentro pudiese ocurrir, instalaron en la cámara asignada una serie de artilugios que en primera instancia no entendía su función. De éstos fueron ensamblados tres con la ayuda del carpintero y el herrero del lugar. Uno de los mencionados artilugios, albergaba una especie de cubeta o balde gigante, el cual fue llenado con agua.
 El seis de Mayo de 1646, a las once y cuarto de la mañana, en la era de nuestro Señor Jesucristo, dió inicio el interrogatorio de la Santa Inquisición Francesa a Simone Dómine. El cuestionario tomaba como testigo del proceso a tres hombres de relevancia en la administración de las presentes tierras del rey, a mi persona, y a los dos guardias que trajeron, en medio de forcejeos y golpes, a aquella alimaña de mujer, que a su presencia en el recinto impresionó a todo mundo, incluyéndome, pese a que ya la había visto con anterioridad. 
 Hago un paréntesis para destacar que la cara de su eminencia, el Cardenal Jean-Paul y la de su ayudante Gratien Morel, fueron completamente removidas de su faz al observar detenidamente a la acusada. Flaca, con los huesos de las caderas y el costillar completamente marcados, ostentando unos senos marchitos y caídos; la pigmentación de su piel, tan blanca como la nieve, estaba esporádicamente marcada por ronchas que a simple vista daban a entender que estaban llenas de pus. Demás esta describir el salvajismo que su rostro expresaba. Las uñas de sus manos, sin ser cortadas por catorce años, sobresalían negras y afiladas como las garras de algún animal fiero.
 Cuando, por orden del Cardenal Jean-Paul, los custodios liberaron a Simone, la mujer, automáticamente se echó a correr en cuatro patas, cual lobo, por la habitación, acurrucándose en uno de los rincones más oscuros del cuarto.
 Es casi imposible describir con palabras la sensación e impresión que aquel suceso marcó en todos nosotros, incluso me atrevo a redactar, que el propio Cardenal se sintió completamente desamparado de dios, cuando presenció la manera en la que se desplazó la mujer, palideciendo y abriendo los ojos como dos enormes platos.
 Aunque no me pude ver, no podría negar que mi reacción fue la misma, si alguien me la describiera.
 Una vez recobrados de la impresión, el cardenal ordenó mantener atada a la mujer, y después de unos cuantos minutos, unos para poder capturarla, situación que casi acaba con la vida de un guardia, puesto que, sintiéndose la mujer agredida, se abalanzó con sus fauces a la garganta del infeliz, y de nos ser por la rápida y pronta acción de su compañero, que interpuso un enorme palo, con el cual salvó la vida de su camarada, y mismo con el que apaleó a la mujer hasta que su repuesto compañero logró asirle los pies con un nudo, y posteriormente las manos; otros para que la mujer, hecha un mar de miedo y nervios, dejara de retorcerse intentando zafar los nudos que le sujetaban. Una vez calma, dio inicio el interrogatorio.
 Debido a que no poseo las copias originales que su excelencia, el Cardenal Jean-Paul redactó y escribió a medida que el suceso se iba presentando, intentaré, de la manera más fiel, narrar las preguntas realizadas por parte del Cardenal a Simone Dómine:
Cardenal:
  ¿Puede usted, todavía hablar el idioma francés?
Simone:
  No hubo respuesta por parte de Simone.
Cardenal:
  Le vuelvo a repetir la pregunta, ¿puede hablar el idioma  
  francés?, ¿puede usted entender lo que digo?
Simone:
  No respondió.
Cardenal:
  Es mi deber informarle, señora Simone, que estoy en
  total libertad de utilizar la fuerza para obtener una
  respuesta. Conociendo esto, le haré una vez más la
  pregunta, ¿recuerda cómo hablar?.
Simone:
  No respondió.

 Haciendo una señal con la mano al hombre que había viajado con él, es decir, Gratien Morel, éste interpretó la intención del Cardenal de inmediato, tomando a la desdichada mujer por los pelos, causando que la misma lanzara un descomunal alarido de dolor, mientras la arrastraba a una de las mesas que se habían armado por orden de su eminencia el Cardenal.
 Ayudado de los dos guardias, ataron a Simone en dicho artilugio de pies y manos, haciendo que las cuerdas que le sujetaban, quedaran enlazadas en un grueso tronco giratorio, el cual comenzó a ser movido por Gratien, estirando las extremidades de la rea y causándole, supongo yo, tal dolor, que el simple hecho de recordar los alaridos me son un tormento.
 A continuación, el Cardenal Jean-Paul prosiguió con el interrogatorio:
 Cardenal:
   Hago de nueva cuenta la pregunta: ¿puede usted hablar?,
   ¿entiende lo que estoy diciendo?
 Simone:
   No contestó.

 Con un renovado gesto del hombre santo, Gratien giró de nueva cuenta el tronco que hacía que las cuerdas se enrollaran y de esa forma, comenzaran a estirar el cuerpo de Simone.
 Podría relatar el acontecimiento de principio a fin, pero temo que no estoy en nada entusiasmado en revivir esta parte de los hechos, por lo que me limitaré a informar que: después de que su excelencia el Cardenal, consideró que, sea como sea que se llame el instrumento anteriormente descrito, no era productivo, quitaron a Simone de dicho lugar para atarla de los pies, y ayudados de una viga que sostenía los cimientos del techo, la colgaron de cabeza sobre aquella cubeta que en líneas anteriores mencioné. Así dió paso a una tortura,  la cual consistía en ahogar a la mujer de tanto en tanto, siempre en busca de que dijera alguna palabra o que diera señales de estar entendiendo lo que se le decía.
  Simone Dómine fue, en un lapso de casi dos horas, torturada de cuatro maneras diferentes, todas ellas al parecer, dolorosas, pero que curiosamente no involucraban el derrame de una sola gota de sangre, o moretones excesivamente pronunciados. Me atrevo a decir, que la Santa Inquisición sabe como conseguir las confesiones de los herejes sin cometer pecado. Toda una cualidad de tan Santa Organización, y que sin duda demuestra por qué su Santidad el Papa Inocencio III y posteriormente Lucio III, hace años, dieron inicio a tan horrenda pero necesaria tarea.
 Finalmente el decreto de su excelencia, el Cardenal Jean-Paul, el cual poseo, es el siguiente:








El año de nuestro Señor Jesucristo
  6 de Mayo de 1646
Épinal, Francia.
Documento redactado por el Cardenal
Jean-Paul en nombre de la
Santa Inquisición Francesa.



 Yo, el Cardenal Jean-Paul Bernard, doy constancia y fe, que en el día, mes y años prescritos, como dicho documento lo avala en su encabezado, comencé el juicio que la Santa Inquisición impone a todo aquel devoto de nuestro Señor Jesucristo y de su Santidad el Papa Inocencio X que incurra en prácticas herejes, así igual, de todo aquel que desconociendo la Santidad del Papa o la divinidad de nuestro Señor Jesucristo y se apegue a alguna otra idea hereje de religión, que no es más que una práctica del diablo, puesto que la única verdad de este mundo es nuestro Señor Jesucristo, las Sagradas Escrituras y el Papa. Siendo así, expondré el caso en cuestión.
 Se me informa que, en el año 1632, en la localidad de Épinal, Francia, y cuando el Rey Luis XIII aún vivía, tuvo lugar una serie de asesinatos relacionados con el ganado de la zona, que posteriormente derivó en la muerte de algunos niños y adultos.
 Tras un rápido actuar de los hombres que hacían validar la ley de su Majestad el Rey, y con la ayuda de los lugareños, se logró capturar a la alimaña que estuvo causando tan espantosos estragos.
 Según la constancia escrita que fue levantada respecto a dicho acontecimiento, se lee que, la criatura capturada no fue una bestia salvaje, sino una mujer de la localidad, cuyo nombre es Simone Dómine, en aquel entonces de diecisiete años de edad.
 Según lo que en dicho escrito se lee, la mujer confesó, no sólo haber matado a los animales y personas, sino que lo realizó ayudada de una poción mágica la cual le confería el poder de transformarse en un lobo.
 De acuerdo a mi experiencia, antes de dar inicio al juicio, en los dos días previos, recolecté la suficiente información para poder confirmar que, desde antes que los asesinatos comenzaran a tomar lugar, ya se sabía que Simone Dómine realizaba pactos con el diablo para poder hechizar a los hombres y así causar que éstos desatendieran sus obligaciones con sus esposas en pos de cumplir demandas que la maliciosa bruja les confería, según recavé información, actuando astutamente para que los hombres, aturdidos por su despampanante belleza, le entregaran su dinero, auque, ¡bendito nuestro Señor Jesucristo!, la hechicera sólo se interesaba en los bienes materiales, no contaminado a los hombres con actos de pecaminosa lujuria. Al parecer la mujer únicamente fornicaba con el diablo y sus acólitos.
 Entendí, también, que algunas personas fueron testigos oculares de las fiestas herejes que la mujer realizaba. Estos testigos validan sus comentarios con la plena confianza del cura de este lugar. Siendo así, señalan que la perversa se perdía en los bosques, por las noches oscuras y sin luna, donde encendía enormes fogones y se ponía a bailar alrededor de éstos, llamando así al diablo y sus demonios. Cuando aparecían, daba paso a una orgía que culminaba con la vil y lasciva tarea de ungir en todo su cuerpo un ungüento que le transfería los poderes para transformarse en una “lubins”, con la diferencia, no por esto menos peligroso y vil, de que esta mujer-lobo, lejos de ser pasiva y tímida, actuaba como un Lupus-Garou, salvaje y asesina.
 Muchas otras afirmaciones me fueron conferidas acerca de las cualidades malignas que esta hereje posee, todas, sin ninguna duda por mi parte, reales. De estas, la que es menester resaltar, es que, una vez atrapada por las autoridades, se pudo constatar que, pese a que ningún hombre en el lugar afirmaba haber yacido con tal mujer, y teniendo en cuenta el miedo que esta bruja causaba entre los habitantes (situación que valida una vez más que dicha afirmación es real), se constató que, la desgraciada no era doncella, según una inspección médica realizada bajo la vigilancia del cura local. Siendo esto así, no queda más que pensar que la desdichada alma ofreció en sacrificio su pureza a Satanás, o en deleite de éste, a su hermano, pues muchos afirman que parte de sus ritos consistían en fornicar con su consanguíneo para deleitar al diablo.
 Bajo todas estas pautas, la ley condenó a la rea a toda una vida en prisión, confiriéndola a dicho estado desde el 16 de noviembre de 1632, circunstancia en el que se encontraba cuado llegué a Épinal, lo que me da a entender que ha permanecido trece años y seis meses en prisión, aunque algunos de aquí, cuentan el año de 1632 desde su inicio, dándoles como resultado catorce años de prisión.
 En cuanto al interrogatorio que realicé para saber la verdad de los hechos por parte de la inculpada, fue imposible hacerle hablar, ya que los años de aislamiento en su mazmorra le han convertido en un animal salvaje, incapaz del habla o de caminar en dos pies como una mujer, sino en cuatro patas. También resalto que su aspecto es muy parecido al de un lobo, ya que su cuerpo se encuentra completamente cubierto por pelos, que si bien no se comparan con el pelaje de algún animal, tampoco se puede decir que es la vellosidad normal de una mujer, puesto que presenta dicha anormalidad en piernas, brazos, parte de la espalda y la zona de su genital.
 Asimismo, su rostro lejos está de parecerse al de una mujer, ya que está constantemente fruncido, mostrando dentadura y encía, sus orejas se miran más grandes de lo normal y su mirada carece de cualquier signo de razocinio humano. Es por esto que, bajo la autoridad que me fue envestida por el Papa Inocencio X, doy el siguiente dictamen:

 La mujer conocida como Simone Dómine, inculpada de asesinato de ganado, niños y adultos, y confesados por ella ante toda la población de Épinal, y reconociendo que dichos asesinatos fueron llevados a cabo en condición de mujer lobo, estado que adquiría al ponerse un ungüento mágico que preparaba, y el cual era dotado de poderes por el diablo, para que la susodicha pudiera transformarse, yo, el Cardenal Jean-Paul Bernard, condeno a la hereje a que arda en la hoguera, y testifico que ante mis ojos se me presentó un caso real en el cual queda de manifiesto que el diablo puede dar poder para que las personas se transformen en lobos o bestias salvajes.
 Por lo tanto, la “lupins” será quemada viva en la hoguera, en un plazo no mayor a los tres días.

Jean-Paul Bernard




























 Conforme a dicho decreto, la enjuiciada fue llevada una vez más a su celda, y su sentencia fijada para el día nueve de Mayo del presente año.
 Es aquí donde relataré la historia que finalmente vino a tambalear mis sentidos y preguntarme si la manera en la que Simone Dómine murió, era la justa y merecida para su alma.
 Transcurriendo el segundo día, después del edicto del Cardenal Jean-Paul, es decir, el día ocho de Mayo, me fue pedido, a razón de las dos de la tarde, que fuera por el cura del lugar para llevarlo a confesar a la desdichada Simone. Así lo hice, creyendo que aquello sería un mero trámite, ya que me era más que claro, que la mujer no hablaría ni mostraría señas de entender lo que el cura le podría decir, por lo que, todo aquello, sería realmente rápido.
 Para mi sorpresa, la del cura y la del carcelero, si bien fue así, los pocos minutos que pasamos con Simone en su celda, ahora completamente limpia de las heces que anteriormente tapizaban todo el suelo, y el aire del lugar se percibía menos fétido, fueron un asombro y completamente inesperados, debido que, la agazapada mujer al ver el viejo rostro del sacerdote, se acercó a éste lentamente, caminado en sus cuatro patas, para detenerse a menos de medio metro de nosotros.
 Sus ojos, esta vez, y a diferencia de antiguas ocasiones, nos revelaron que tras aquella figura humanoide y encorvada, y muy por encima de su grotesco aspecto, un ápice de inteligencia permanecía en aquel ser.
 Sin duda, Simone reconoció al cura, pues no pongo en tela de juicio que en todo momento su mirada se clavó en él.
 Lo que a continuación tuvo lugar, fue algo único. Con voz áspera, casi carrasposa y muy mal articulada, aquella mujer-lobo pronunció las últimas palabras en su vida.
 A continuación intentaré recrear los diálogos que tuvieron lugar aquella tarde de 1646.
 Como describí anteriormente, una vez que Simone reconoció al viejo párroco del lugar, y después de acercarse por su propio pie, más de lo que alguno pensó que podría suceder, con palabras mal articuladas y antes de que alguno de los presentes iniciara algún intento de diálogo, dijo:
 “Si lo hice, fue porque ellos me ultrajaron, tomaron mi castidad a la fuerza y me mancillaron. ¿Qué podía hacer?, mi vida estaba acabada. Los crímenes que cometí fueron la manera que encontré de vengarme, de causarles el mismo dolor que ellos me provocaron aquel día”
 Fue en ese momento, cuando el cura, temblando, y con el rostro confuso, se acercó a Simone y apoyó su mano en la cabeza de la desdichada criatura; luego dijo: ¿De qué hablas, hija? (Debo dejar constancia que el cura conoció a Simone desde su nacimiento, educándola en las cosas de dios en su infancia, junto con el resto de los niños, por lo que supongo, le afectó en manera al ver la criatura que era ahora).
 A lo que Simone contestó: “Lo que nadie sabe, Padre Frédéric, el hecho de que varios hombres de la localidad abusaron de mi cuando apenas era una chica de dieciséis años. Me humillaron y me utilizaron para sus antojos como lobos que comen a su presa. Una y otra vez, durante horas tuve que soportar a esos hombres, y una vez me dejaron ¿qué podía hacer?, ¿ir con usted, con el señor Blanc?, todo el pueblo me odiaba por tener la apariencia que poseía, si hubiera hecho o dicho algo, sólo habría logrado incrementar la rabia y desprecio que sentían hacia mi. Callé. Guardé aquel suceso para mi y continué actuando como si nada hubiese ocurrido hasta que aquel día, aquella anciana me habló y de alguna manera supo ver la tristeza que mi sonrisa ocultaba”.
 Para aquel entonces, lo que nunca creí ver, ocurrió; de aquellos ojos, de aquel ser, lágrimas cual cascadas vivas comenzaron a rodar por su descarnado y contraído rostro. Continuó hablando:
 “Con las hiervas y hongos que la mujer me dió, por primera vez puede escapar, olvidar todo y dejar que la impotencia, el odio dominaran mi ser, a tal punto que en cuestión de días, la anciana y yo corríamos desnudas por los bosques, y en las noches, cuando todos dormían, retozábamos en la orilla del Mosela. La libertad que estas experiencias me dieron son inexpresables, y más, cuando la anciana partió y yo comencé a deambular sola con mi espíritu”.
 ¿Pero por qué vengarse con niños?, farfullé algo cohibido por todo el panorama, y entendiendo entonces el motivo de sus asesinatos. Ella me respondió:
 “Porque comprendí, que si mataba a sus bestias y personas queridas cuando ese lado salvaje y animal me dominaba, cuando la rabia y la ira, el lobo que la anciana dijo, todos poseemos, me poseía completamente, podía devolverles el mismo dolor y sufrimiento que ellos me hicieron sentir. Y así lo hice. Maté con placer a cada una de sus bestias y disfruté comerme la carne caliente de sus pequeñas hermanas y hermanos, al igual que sus esposas, alguno de sus padres o simplemente algún amigo. De no haberme capturado hubiera continuado hasta que ninguno de sus descendientes, familiares o camaradas siguieran con vida, sólo los que me mancillaron, con su soledad y dolor”.
 Aquellas palabras, confieso, helaron mi sangre creando un escalofrío en todo mi cuerpo. A continuación, el cura, con la voz aún temblando de la impresión, dijo: Te has alejado mucho del camino del Señor, hija, pronto las llamas de la purificación devorarán tus carnes, ¡salva tu alma!, arrepiéntete de todo lo que has hecho, ahora que el diablo te ha dejado razonar, y la bestia que te domina está durmiendo, hazlo para evitar una tortura en el fuego eterno del infierno. Arrepiéntete de tus odios, de tus crímenes…
 Fue en este punto cuando Simone estalló en un amasijo de cólera y rabia que a punto me hicieron salir corriendo de aquel lugar. Lo que me detuvo, fue que la mujer, lejos de iniciar un ataque, como primeramente pensé, retrocedió unos cuántos pasos hacia atrás, en su ya repulsiva forma de desplazarse. Aún famélica, y dificultándosele aun más el habla, dijo:
 “¡¿Arrepentirme, yo?! ¡¿Qué hay de ellos?! ¡Ellos recibieron justicia de los hombres al encerrarme en este lugar, y no obstante, ahora, recibirán justicia por parte de dios! ¡¿Quién me dará justicia a mí?! ¡¿Quién, sino yo, me di justicia a mí misma?! No me pida que me arrepienta, porque sería imposible. Lo que ve aquí, es el resultado del deseo del hombre, de su arrogancia en creer que todo lo pueden poseer. ¡Miren en lo que me he convertido!, ¡miren en lo que me han convertido! ¿Cómo puede pedirle a un animal engendrado de los sentimientos del deseo y que vive por los sentimientos del deseo, que se arrepienta?”
 Aquellas fueron las últimas palabras que se pronunciaron. Ni el cura ni yo nos animamos contestar, supongo que no podíamos, no teníamos ningún punto para justificarle lo que le habían hecho, y aunque razones sobraban para recriminarle los actos que cometió, ¿quién podría hacerlo sin sentirse turbado ante la luz de aquellos acontecimientos?
  Por petición de mi parte, hice jurara al padre Frédéric y al celador no comunicarle a nadie lo ocurrido hasta que la desdichada mujer ya no estuviera en este mudo. Así lo prometieron, y así lo cumplieron.
 Cuando la noche calló, confieso que no pude conciliar el sueño, preocupando incluso a mi esposa. Las ideas morales y humanas en mi cabeza eran demasiadas como para poder dormir.
 Cuando la mañana del nueve de Mayo llegó, desde temprano, en la plaza principal, se podía ver el montículo de leños apilados para dar cumplimiento a la sentencia.
 Al llegar a mi lugar de trabajo, el Cardenal Jean-Paul y su acompañante Gratien, me aguardaban. Necesitaban mi firma  para la aceptación de su dictamen, y así dar autorización de que la ley civil, bajo el nombre de su Majestad el Rey Luis XIV, tomara la vida de Simone Dómine, siendo ejecutada en la hoguera ese mismo día en un plazo no más tardío al de dos horas, para que así, el decreto del Cardenal Jean-Paul fuese cumplido con cabalidad.
 Confieso que titubee. Al inclinar mi cuerpo sobre la mesa donde yacía el documento, noté que estaba temblando. La punta de la pluma se detuvo sobre el borde del papel.
 El pequeño gesto que el Cardenal realizó con su entrecejo, en clara señal de comenzar a percibir la duda que en mi se encerraba, fue el detonante que hizo que firmara de inmediato. Como si nada, le entregué el papel.
 Simone Dómine fue quemada viva a la una de la tarde, del nueve de Mayo de 1646. Aunque no acudí al suceso, con presteza el rumor del último alarido que pegó la hembra mientras las llamas la consumían en vida, llegó a mí, y según comenta, no fue el de una mujer en agonía, sino el de un lobo.
 Ahora, dos días después del acontecimiento, es decir, el once de Mayo de 1646, doy fin a este documento, en el cual intento narrar los hechos desde el inicio, hasta su fin, de la manera más apegada a la verdad que mi memoria me permita narrar. Este manuscrito, por lo tanto, explica y da veracidad al caso de la Mujer-Lobo de Épinal, Francia; un suceso, que sin duda, se comentará en futuras generaciones.



   Thierry Bourg















Capítulo IV
-Analizando el caso de Simone y el del Señor Remic-


 Permaneciendo aún sentado en el sillón, y algo perplejo por lo recién leído, Guillermo llevó una de sus manos a su sien, razonando la complejidad de aquella historia. La voz del profesor Wells, lo tomó por sorpresa.
-Un libro algo escalofriante, ¿no cree? Tenemos suerte de haber nacido en una época donde el razocinio impera ante cualquier otra cosa-dijo a modo de alivio respecto a la idea que su contraparte dejaba a la imaginación-.
-¿Así lo cree, profesor?-respondió Guillermo, en tono sarcástico, mientras que a la par, cerraba el tomo que sostenía en sus manos y se ponía de pie con una sonrisa marcada en su rostro-.
-Bueno Percastegui, no estoy con ánimos de iniciar un debate sobre el comportamiento social y religioso del hombre, respecto a la imposición a la fuerza de sus ideales, justificando sus crímenes bajo la pauta de que su modo de pensar, sea religioso o laico, es el correcto, único y verdadero-contestó Alexander, mientras ofrecía una tasa de café a su comensal-en dado caso no vale la pena, la humanidad siempre se ha manejado así: monarquía, clero, nobleza y plebeyos; hoy, empresarios, políticos, clero y sociedades. La rueda gira en una esfera cíclica, querido amigo, y la gente es demasiado estúpida para entenderlo. Sólo lo hacen hasta que la presión es demasiado fuerte como para soportarla, entonces, alardean un rato y reestructuran todo para dejar que la misma esfera comience a devorarlos.
-Como lo plantea, no da muchas esperanzas.
-La esperanza de que un ser mágico o un caudillo salve a la humanidad es lo que la ha atrofiado, Percastegui. Es la esperanza en sí lo que ha hecho que la gente permanezca esperando que algo suceda y cambie las cosas de manera milagrosa, mientras ellos permanecen en sus sofás viendo el televisor. “Alguien vendrá, alguien cambiará todas estas desigualdades e injusticias de este mundo”, dicen los muy insensatos; pero como le dije, no estoy con ánimos de filosofar respecto a la política, la religión y el camino que el hombre deba tomar. Cuénteme, mejor, si ha logrado establecer algunos aspectos o patrones en los casos redactados en el libro con la licantropía, y si ha podido ligarlos con el caso del señor Remic.
 Antes de contestar, Guillermo se dió tiempo de sorber un poco del café que su profesor, colega y amigo, le había convidado. La bebida, por el sabor que desplegaba en su paladar, le hizo saber que había sido elaborada con un excelente grano; por la fuerza del aroma y gusto, también entendió que el líquido estaba fuertemente cargado. Sin duda, la cafeína que aquella taza poseía lo dejaría despierto toda la noche.
 Una vez el primer trago fue bebido, contestó.
-Sin duda hay varios aspectos interesantes por observar y destacar. En las tres historias que leí, y subrayando la que refiere a la pobre criatura llamada Simone, se puede ver que de alguna u otra forma, los ungüentos que se aplicaba, al ser hechos con yerbas, que deduzco, fueron molidas, pudieron haber causado alucinaciones en el individuo al ser aspiradas inconcientemente. Esto sirvió como detonante para afirmar en la mente del sujeto su estado de “libertad”, de salvajismo, convenciéndose que realmente, en aquellos momentos, ya no era un ser humano, sino un animal, un lobo; figura que supongo, fue asociada por la brutalidad, fiereza y miedo que estos animales han causado en la humanidad. Queda claro también que esta autosugestión, con el paso del tiempo, fue tomando fuerza en el individuo hasta creerse a sí mismo un animal completamente desligado de su género humano, aunque como se pudo ver, esto no impedía que parte de su razocinio e intelecto, permaneciera constantemente presente.
-¿Y qué me dice de la necesidad de comer carne, ya sea animal o humana?-interrogó Alexander mientras se sentaba en su escritorio a degustar su café-.
-Bueno, quedó claro en el caso de Simone, que la idea de ser un animal, un lobo, le incitaba a actuar conforme el género lo indica, cazando para poder sobrevivir y comiendo sus alimentos crudos. En este mismo caso, también se puede ver que, parte de su lado humano le incitó cometer asesinatos completamente fuera de su idea o percepción de estado salvaje, sino que ésta misma fue utilizada como un instrumento para saciar la psique conciente de la mujer. Es fácil comprender que la desdichada, en su locura y deseo por cobrar venganza por la violación a la que fue víctima, creó esa personalidad salvaje, que incitada por el misticismo que la anciana impuso con sus ideas de hechizos, capaz de transformarlas en lobos, terminaron desligándola de la realidad y dándole la vía para poder liberar todo el odio que su traumática experiencia le proporcionó.  Comer carne bien fue una manera de reafirmar su idea de ser un lobo,  bien fue el deseo de desquite, que su mente consiente le causaba, dándole satisfacción o placer, sabiendo que la carne que ingería saciaba su hambre de venganza, y conciente, también, que causaría sufrimiento a los dueños y familiares de sus víctimas animales y humanas.
-Muy interesante análisis-reparó Alexander, mientras sus azules ojos se fijaban en la negrura de los de Percastegui-Un trastorno mental alucinatorio, en el cual, el implicado, se cree y se ve a sí mismo como un lobo, y por el cual puede cometer actos que, en su estado de humano jamás se animaría a realizar.
-¿Una especie de Dr. Jekill y Mr. Hyde?
-¡Correcto!, una doble personalidad sin ninguna alusión a pócimas mágicas, en la que la mente enferma del paciente, normalmente llevada a tal grado por algún acontecimiento traumático en su vida, o como se lee en la novela de Robert Louis Stevenson, donde un deseo oculto por realizar actos barbáricos y degenerados, incitado en su caso por una droga, llevan a la persona a crear una identidad con la cual puedan realizar dichos actos liberados de la presión social o las buenas costumbres, ya sea por el simple hecho de experimentar sensaciones nuevas, consumar venganza hacia ciertos individuos en específico, o de repente ambas. Esta personalidad, desligada de su supuesto “yo conciente” es la que les da seguridad y les sirve como justificación si llegan a ser capturados, con el clásico “yo no fui, fue el lobo que me dominaba, o no era yo, fue Hyde”
-En este punto, profesor-expuso Guillermo, mientras dejaba la tasa de café en una pequeña mesita de sala-le hago, de nueva cuenta, la pregunta de hace un rato: ¿Qué le lleva a pensar que el señor Remic sufre de licantropía? Entiendo que el hombre ha desarrollado un caso de doble personalidad, en la que, como lo comparamos con el caso de la novela de Stevenson, utiliza dicha personalidad para justificar sus actos, pero fuera de eso, no he visto indicio alguno de que Remic se comporte como un animal salvaje.
-¿Recuerda al último niño que nuestro paciente atacó antes de que le atraparan?
-Sí, claro.
-Bien, ahora dígame, ¿por qué fue hospitalizado por unas horas el pequeño?
-Por presentar mordeduras en uno de sus bra-zos.
 Aquella última palabra, pronunciada en sílaba por Guillermo, fue la señal que le hizo comprender a Alexander, que su alumno y amigo, había comprendido.
-Ayer en la noche-continuó Wells-recibí una llamada por parte del psiquiátrico, me comunicaron que Remic estaba fuera de sí dentro de su habitación, actuando como un loco salvaje, no como su ya conocida doble personalidad, llena de odio y resentimiento, pero claramente comportándose, no como una persona, sino como un animal, y que, por supuesto, me requerían cuanto antes. El resto de la historia, Guillermo, no planeó contársela. Termine su café. En unos minutos, partiremos al psiquiátrico. Si la buena suerte decide estar de nuestra parte, el resto de dicha epopeya la verá con sus propios ojos.































Capítulo V
-Licantropía: El Hombre Lobo-






 Bajo la brisa que se levantaba del puerto y caía sobre la ciudad, refrescándola del insoportable calor veraniego de la noche, el vehículo en el que Alexander y Guillermo viajaban, transitando las calles de la capital, ahora casi vacías por la hora, se figuraba como una célula que recorría las intrincadas venas de aquel cuerpo de concreto.
 Al llegar a destino, el pequeño reloj digital integrado en el transporte, marcaba la una y media de la madrugada. Afuera, alborotados por el calor, los grillos imponían su estridente melodía, cual concierto insectívoro.
 Golpeando con fuerza la puerta de vidrio reforzado del edificio al que habían llegado, Alexander hacía un ademán con la mano, en señal de saludo, al vigilante que comenzaba a distinguirse desde un lejano pasillo. Cuando éste reconoció al distinguido académico, dibujando en su cara un esbozo de sonrisa, contestó dicho saludo.
 Con la suavidad que las bisagras bien aceitadas proporcionan a las puertas, una de las hojas de ingreso del antiguo psiquiátrico se abrió para permitir que los dos hombres que se encontraban en su exterior, entraran en él. De inmediato el sereno del lugar saludó cordialmente a los dos psiquiatras.
-Buenas noches, Dr. Alexander, Dr. Guillermo.
-Buenas noches-reparó en primera instancia Wells, seguido por su colega-Como quedé-prosiguió-he venido esta noche.
-Si señor-contestó el celador, mientras cerraba la puerta de entrada-los enfermeros le están esperando en el segundo piso. Los ascensores están funcionando, pueden utilizarlos si así lo desean.
 Bajo las pocas luces que iluminaban el pasillo del segundo nivel, al parecer, una medida para ahorrar energía, los dos hombres caminaban por las casi interminables longitudes de éstos sin precisar un fin concreto.
 En la distancia, en un sector donde las luces permanecían apagadas, y la iluminación provenía de las lámparas más alejadas, un grupo de enfermeros, amontonados, observaban a través de la ventana cuadrada de la blanca puerta, lo que se presentaba por detrás.
 Cuando uno de dichos practicantes, vio a los doctores acercarse, se encaminó hacia ellos para recibirles.
-Buenas noches-reparó el hombre vestido de un blanco tan puro que se perdía con las paredes-Al igual que anoche-continuó sin ningún otro tipo de introducción-el paciente está actuando de manera desquiciada. Estábamos esperando que llegaran para que nos den instrucciones.
-Bien, muchas gracias, por el momento sólo lo sedaremos-fue lo único que contestó Alexander al muchacho de cobriza cabellera-Sería pertinente, Guillermo, que eches un vistazo tras la ventanilla-dijo después, haciendo una señal con su mano para enfatizar la acción-.
 Sin nada que pronunciar, y el entrecejo fruncido a causa de las ideas que pasaban por su mente, el joven hombre, miró tras la nitidez de aquel vidrio de tres capas. Lo que vio, aunque lo esperaba, no pudo evitar que se impresionara y reviviera los escritos que tan sólo una hora y media atrás, estuvo leyendo.
 Encerrado en una habitación cuadrada, de unos cuatro ó cinco metros por cada lado, completamente cubierta, en pisos y paredes, por un suave tapizado acolchonado, el hombre cuyo apellido era Remic, se veía eufórico y agresivo, con los labios contraídos que dejaban ver gran parte de su encía y completa dentadura, con el seño fruncido, situación que le impregnaba una fiereza macabra en el rostro. En cuanto su andar, igual que un animal enjaulado, caminaba de un lado a otro, intentando caminar en cuatro patas, aunque de tanto en tanto se erguía por completo para comenzar a rasguñar las paredes, en un intento por trepar por ellas.
 Cuando Guillermo retiró su vista de la imagen tras la ventanilla, la clavó directamente en la de Alexander. El viejo, sosteniéndola en todo momento, pronunció.
-¿Qué me dice ahora, Percastegui?
-Es…-titubeó, mientras la boca comenzaba a secársele-increíble, no creí que en una época como ésta un caso como éste pudiera ser estudiado por la ciencia moderna.
-¿Por qué?-le contestó Wells, desviando su mirada hacia la pequeña ventana donde los enfermeros miraban fervientemente-¿acaso este tipo de enfermedades mentales sólo se pueden dar en épocas pasadas?
-No, por supuesto que no-contestó con una risa, producto de entender lo tonta que había resultado su afirmación-por supuesto que no-repitió casi para sus adentros-.
-Entonces quite esa cara de asombro y ayúdenos a sedar al hombre de inmediato, antes que se lastime a sí mismo, los estudios que le realizaremos en los próximos meses serán arduos, y difíciles,  así que procuremos hacer que el señor Remic descanse por el momento –dijo con un tono imperativo, tan común en él-¿Dígame Percastegui, cree en los hombres lobos?
-¿Profesor?
-Si cree en los hombres lobos-replicó con un tono sutilmente sarcástico, mientras comenzaba a abrir la puerta de la habitación -.
-Sí, profesor, creo en los hombres lobos-dijo, a la par que las comisuras de su boca  dejaban ver una risa pícara-.




Licantropía en el Siglo XXI
FIN
















La siguiente obra es propiedad del autor. Queda prohibida su impresión o cualquier forma de lucro económico sin el consentimiento del autor / Registro de la obra en México DF, 2013.  

 










  

Comentarios

Entradas populares