Licantropía en el Siglo XXI
Alexander y Guillermo:
Licantropía en el Siglo XXI
Alexander y Guillermo:
Licantropía en el Siglo XXI
Una novela escrita por:
Luis Andrés Ochoa.
La novela que leerá a continuación es una historia ficticia con una gran
cantidad de personajes de la misma índole, y otros tantos reales, pertenecientes
a la historia universal. Asimismo, algunas instituciones existentes, o que
existieron en algún período de la humanidad, se nombrarán y serán utilizadas
para dar mayor veracidad a dicha narración. No obstante, se deja claro al
lector que todo lo que aquí lea es entero producto de la imaginación del
escritor.
Luis Andrés Ochoa
Capítulo I
-El Libro-
Con una presencia
casi mística, el doctor Alexander Wells, un hombre de sesenta y cuatro años,
corpulento, de estatura normal y un rostro muy bien conservado para su edad,
permanecía parado frente al gran ventanal de su despacho, mirando
fervientemente las bulliciosas calles de una ciudad congestionada y sustentada
por el imparable capitalismo; personas que iban y venían de un lado a otro
olvidados de su propia existencia, programados únicamente para ser provechosos
obreros de un sistema, hasta que la vida se les agotase.
Las refulgentes
luces de la nocturna ciudad del siglo XXI iluminaban con un matiz casi
traslúcido las pululantes canas que cubrían la cabeza de Alexander. Apretando
sus finos labios, suspiró.
La gruesa
puerta de madera, que imperaba como punto de mayor atención entre todos los
muebles del despacho, se abrió lentamente hasta dejar ver, tras de sí, la
figura de un hombre delgado y alto, vestido de manera casual, con un pantalón
jeans azul claro, una playera blanca, con las iniciales de la marca finamente
bordadas en el pecho y una camisa a cuadros por encima de ella, a medio
remangar, que dejaba al descubierto unos brazos velludos.
-Señor Percastegui-reparó el hombre que se encontraba
ya en la habitación-llega a buena hora.
-Lamento el retraso, profesor Wells, tuve que quedarme
en el psiquiátrico de emergencia, el paciente recayó y hubo que darle un
psicotrópico suave para sedarle.
-No tenga cuidado Guillermo, no poseo ningún apuro.
Mientras hablaba,
Alexander se encaminaba al magnífico escritorio que ostentaba aquel cuarto, un
mueble amplio y bellamente barnizado, hecho que producía incontables reflejos a
causa de los variados focos que iluminaban la habitación. Acercándose a un
grupo particular de libros, el hombre apoyó sus manos en ellos en un claro
gesto que le indicaba a su pupilo, tomara uno de los allí apilados. Así lo
hizo.
Sobre las manos
de Guillermo, un tomo lo suficientemente antiguo como para haber sido impreso
antes de su nacimiento, se imponía con un título lo bastante curioso para capturar su atención: “Tome of Lycantropy
in the Europeo of the Middle Ages, and more”.
Al abrirlo, las
amarillentas páginas emanaron un olor a humedad y tinta que de inmediato fue
percibido por el sistema olfativo de su portador. Las diminutas letras que formaban
palabras en inglés, capturaron rápidamente su atención.
Mientras su
compañero leía rápidamente algunos párrafos, Alexander dio paso a un breve
comentario explicativo.
-Es un libro muy interesante, una recopilación del
caso en cuestión desde los albores de la civilización europea, todos ellos
autentificados por nobles de la época y clérigos de la inquisición. Aunque
claramente no es ningún estudio de la patología en sí, ni fue escrito con la
intención de ser una guía para la psicología o cualquiera de sus ramas, podremos
ser capaces de ver en ella, con nuestros conocimientos en la materia, un
lineamiento claro; patrones, por llamarlos así, de esta idea que algunas
personas conciben: alucinaciones que les hacen creer que se transforman en animales,
relacionándolos entre sí para obtener los lineamientos que éstos provocan; en
la mayoría de los casos, grotescos y peligrosos para las personas que les
rodean.
-Sin duda he escuchado de este tema, pero, ¿está
diciendo que nuestro paciente…?
-¡Percastegui, me asombra!-dijo exaltado y sorprendido
a la vez Alexander-usted es uno de los mejores alumnos que poseo, por eso le
llamé, para que me apoye en este caso. ¿Cómo es que no se ha dado cuenta de esto?
-Bueno, profesor, la licantropía no es algo muy
habitual, y el señor “Remic” nunca ha dicho o manifestado la creencia de que se
transforma en un animal que lo induce a cometer sus actos barbáricos de comer
carne animal y humana; temo confesar que no entiendo porqué usted…
-Ah, Percastegui, en este mundo globalizado, lleno de
tecnología y ciencia, algunas cosas nos parecen ridículas, y la mayoría de las
veces lo son, pero nunca debemos descartar que estas historias y cuentos
mágicos poseen una raíz nada mágica, sino desentendida por el hombre de aquel
tiempo y mitificada por sus pobres e ignorantes mentes. No estoy diciendo con
esto, que nuestro peculiar paciente Remic es un hombre lobo, o que los
testimonios que el libro que usted carga lo sean, todo lo contrario, sino que
puedo sacar de todos ellos las características principales del síntoma que los
aquejan: el mental-dijo, mientras señalaba con el dedo mayor de su mano su
propia cabeza-Nuestro colega enfermo presenta, claramente para mi, algunos de
los síntomas que lo hacen caer en la rama de la licantropía: correr desnudo por
los parques de la ciudad, matar perros y gatos desgarrándoles la yugular de un
mordisco, y en caso más recientes atacando niños, dos para ser específicos, uno
felizmente a salvo, y el otro, con algunas mordeduras en su brazo, incidente
que finalmente hizo que el depravado fuera arrestado por la policía y se le
detectara el desorden psicológico. Pero terminemos esto por un momento, iré a
la cocina a preparar café, la noche es larga y hoy nos desvelaremos. Si es
necesario y lo considera pertinente, puede hacer uso del teléfono para llamar a
su dulce y joven esposa, dígale que se quedará en mi casa unas horas, y que
después pasaremos por el psiquiátrico, para finalmente regresar a mi hogar,
¡hágalo sin pena!, no es bueno preocupar a una mujer, y mucho menos dejarla
angustiada en la cama, mientras espera ansiosa ver la silueta de su esposo
pasar el marco de la puerta y arrojarse a sus brazos para así fundirse entre
las cálidas sábanas del lecho matrimonial. Después que le llame, sumérjase en
las páginas del libro que carga ahora en sus manos, le ayudará a entender mi
punto.
Tras lo
siguiente, el profesor Wells salió del cuarto dejando a su compañero algo
confuso por la inesperada orden que al fin y al cabo había recibido. Sonrió
para sus adentros, después de todo Alexander siempre había sido así, espontáneo
y con una sutil manera de comunicar algo que definitivamente terminaba
convirtiéndose en una orden que no daba lugar al rechazo. En cuanto a su léxico
rebuscado y bien trabajado, él ya se había acostumbrado; un Inglés educado a la
antigua y muy culto, en un país latino como el suyo, llamaba sin duda la
atención, pero tenía tantos años de haberle conocido y tratado, que esa forma
parsimoniosa de hablar poco ya le impresionaba.
Siempre se
preguntó qué había orillado a Alexander radicar en su país, irónicamente nunca
encontró el momento oportuno para cuestionarle.
Sin más levantó
el teléfono inalámbrico para marcar digitalmente el número de su casa. No tardó
en contestar su esposa. La explicación fue corta, no encontrando mucha negativa
o señal de resistencia ante la idea, sólo un pequeño suspiro ahogado que daba a
entender el disgusto, la soledad que dormir sola le causaba, después, un
pequeño silencio de resignación coronado con palabras cálidas y dulces,
deseándole buena suerte, exhortándole que se cuidara y que le marcara desde su
celular antes de que se encaminara para ahí, para así poder estar al pendiente.
-Así lo haré cariño, te amo-fue lo último que
Guillermo pronunció antes de colgar-.
Capítulo II
-La Historia
de Simone 1° Parte-
Acomodándose en
uno de los esponjosos sofás que el cuarto de despacho regalaba, inició la
lectura del curioso libro. Página tras página las historias asociadas con
brujería, pactos con el diablo y todo tipo de misticismo iban siendo analizadas
por su instruido intelecto como claros síntomas de un desorden mental, sobre
todo, por parte de los denominados “werewolf”. Cuando hubo acabado con dos
casos que el libro regalaba, tuvo inicio, quizá, el más impresionante que aquella
noche pudo leer. La historia se narraba así:
Yo, Thierry Bourg, noble de cuna, y encargado de que la ley se cumpla en
Épinal, Francia, doy fe del siguiente caso, donde hombres y mujeres asociados
con el diablo y a través de ungüentos mágicos, logran transformarse en lobos
feroces que devoran los ganados de los habitantes, y en el peor de los casos
cometen asesinatos, principalmente de niños y adultos vulnerables.
Inicia esta
historia quince años atrás, en el año 1631 de nuestro señor Jesucristo, cuando
yo apenas comenzaba a ejercer cargos importantes en los asuntos de ley que
competen a este lugar, y como el resto, los rumores de que, una de las más
hermosas habitantes de este olvidado paraje tenía pacto con el diablo, para así
poseer tan desmesurada belleza, llegaban a mi, sin ser muy claros o fidedignos
en su veracidad.
Resultó que,
dichos bisbiseos, comenzaron a ser esparcidos cuando la hija de un simple
criador de vacas y ovejas, con algún que otro caballo y gallinas, alcanzó la
edad de dieciséis años, llegando a su cenit los dotes que toda mujer posee. En
lo que a mi concierne, en aquellos tiempos, la joven hubiese sido una en el
montón, de no ser por su singular belleza, cualidad que le hacía sobresalir,
pero sin ninguna otra característica en especial. Según me es entendido hoy en
día, la joven jamás fue instruida en la lectura o números, no es buena para las
manualidades y apenas sabe lo básico para mantener un hogar provisto de comida.
En aquel entonces, no me cabe duda, era igual.
Solía, según me
es entendido, pasear en las orillas del río Mosela acompañada de su hermano
mayor, un desdichado que ha estado en prisión por robo de alimentos y
disturbios menores, pero que en aquel entonces el diablo no se había apoderado
de él, siendo un mocillo de diecinueve años, puro y bien atendido en las
obligaciones de dios. Cuentan varias voces, continuando con el relato, que
acostumbraban pasear por el mencionado río por las mañanas, cuando el sol
apenas comenzaba a rozar el horizonte, siempre cargando baldes con los cuales
acarreaban agua para su hogar.
A medida que
las semanas fueron pasando, varios hombres de la localidad comenzaron a
interesarse en la moza, hombres que en dado caso nunca antes le habían hablado
y que claramente desentonaban en edad, siendo estos, mayores por una gran
diferencia de años. Como fuere, la negativa de la pequeña era rotunda, pese a
que sus padres, a veces, insistían en que el casamiento era más que conveniente
para las esperanzas que familia tan humilde podría poseer.
Como este es un
lugar pequeño, las lenguas cargadas de chismes siempre están prestas a surcar
las calles y penetrar en las casas para hallar reposo en los oídos de sus
habitantes, por lo cual, tarde que temprano, me enteré que dichos rechazos
comenzaron a causar indignación y molestia, iniciando, lo que quizá fue el
principio de toda esta historia: rumores acerca de que la niña era una
(perdonen mi expresión) “maldita zorra puta, la cual se había hinchado de vanidad
a causa de su belleza, y esperaba que algún hombre de buen aspecto, adinerado y
noble se fijara en ella”. No me consta en lo más mínimo la validez de esta
historia, es decir, si realmente esta era la idea que movió a la jovenzuela
rechazar a los varios pretendientes que pidieron su mano, ni tampoco el
siguiente rumor que contaré.
Como todo, no
siempre los murmullos son malos, y uno paralelo al que acabo de escribir tomó
lugar, equilibrando la balanza. Este dictaba que la muchacha, pese a que su cuerpo
era casi esculpido y moldeado por los ángeles, al igual que su bien
proporcionado rostro, la pequeña no era más que eso, una niña que se encontraba
aún prisionera de la hermosura de su morfología, que por algún capricho de
nuestro dios todopoderoso y su hijo, nuestro señor Jesucristo, maduró antes que
su mente, y la niña, como tal, en nada se interesaba en los hombres, los bienes
económicos que un esposo le puede proporcionar y todo lo referente a lo que le
debe corresponder a una mujer. De igual manera sucedía con su hermano, el cual
tuve oportunidad de cruzar alguna que otra palabra en aquel tiempo, y por lo
cual puedo dar toda fe, de que el chico, pese a que su edad ya determinaba el
interés en mujeres, parecía un niño,
siempre haciendo bromas, preocupado por el cuidado de los animales de su padre
y de las obligaciones que el cura del lugar le proporcionaba. Menciono, sí, que
el chico acostumbraba frecuentar con una joven, si mal no recuerdo de su edad,
pero nunca nadie dio pie a algún rumor indecente respecto a sus encuentros, y a
los que todos compete, aquello tan sólo era una amistad pura, de esas que en
estos días ya casi no se encuentran. Hasta este punto, me temo, soy capas de
dar detalles sobre estos hechos, por lo que, para no inquirir en alguna mentira
y desvirtuar el valor de este escrito, le daré por terminado.
Continuando
así, con lo que nos atañe, los rumores maliciosos que comenzaban a esparcirse
sobre la altanería de la pequeña, con el pasar de los meses comenzaron a
tornarse más y más duros, y en boga que, en toda Europa la inquisición en su
santa lucha por eliminar herejes de la tierra demostraba que el diablo y sus
demonios, más que nunca andaban suelto en toda la tierra conocida, instigando
el mal y haciendo pactos con las personas para darle beneficios y poderes, a
cambio de obediencia y culto, tomó lugar la idea de que Simone, este es el
nombre de la tan cuestionada niña, había, de seguro, hecho algún pacto con el
diablo para poseer tan singular belleza y así tener a cuanto hombre quisiese a
sus pies (hago un paréntesis para dejar constancia que hasta el día de hoy, se
desconoce que Simone haya utilizado a algún hombre para quitarle dinero,
ganado, o algún otro bien material, contrario a lo que la gente comenta,
aludiendo que su pacto con el diablo era para dicho propósito).
Los rumores
fueron tornándose más fuertes, y al cabo del año, la mayoría de los habitantes
evitaban a toda costa relacionarse con la joven, que ahora con diecisiete años,
parecía haberse embellecido aún más. Contrario a lo que se podría pensar, esto
no afectó los negocios que su padre mantenía con el resto de los parcelarios o
la relación que su hermano poseía con la gente del pueblo; eso sí, si las
personas podían evitar ir a la parcela donde ella y su familia habitaban, y
hacer los negocios con su padre en la ciudad, o en sus propias casas, no lo
ponían en duda.
Los hechos
desagradables, que se han desencadenado en el presente juicio que acabo de
sentenciar, y el cumplimiento del mismo, apenas hace dos días, fueron los
siguientes:
Una mañana del
año 1632, llegaron al edificio donde trabajábamos los hombres de ley, lugar
donde yo comenzaba, como bien mencioné anteriormente, a ejercer algunos papeles
importantes en cuanto al cumplimiento de las leyes y toda su parafernalia, dos
hombres cuyos oficios era el de criar ovejas para extraerles la lana, el uno
acompañando al primero, el cual, en sus manos, sostenía el cadáver de uno de
sus animales cercenados del cuello, en la vena principal que por allí transita,
y con parte del vientre completamente destrozado. El hombre exigía que la
guardia del lugar buscase al culpable, pero fácilmente fue desestimado,
diciéndole que aquella muerte fue causada, de seguro, por algún animal feroz,
como un perro salvaje o algún lobo extraviado.
Dicho suceso
hubiese pasado desapercibido, de no ser que a las dos semanas y media de
ocurrido el mismo, un nuevo caso se presentó, ahora con animales pertenecientes
a otro hombre de la región. Como era de esperarse, los rumores de que una bestia
feroz andaba suelta, asustó de inmediato a los habitantes de la ciudad, quienes
raudos pidieron una búsqueda del mismo y su muerte, presentando su cuerpo como
prueba de que el peligro había sido eliminado.
Sin otra
opción, en estos casos siempre es menester complacer a la chusma, dio inicio un
sondeo del área fuera de las murallas que protegen a la ciudad, con la
intención de encontrar al animal. En todo caso, fue un fracaso. Para calmar al
gentío, se les informó que, con seguridad, la bestia había huido asustada. Fue
una buena idea, la misma resultó un placebo hasta que un mes después, un nuevo
suceso, similar a los anteriores, tomó lugar. Fue en este punto, cuando las autoridades
comenzaron a prestar atención al fenómeno, mandando hombres que patrullaran las
áreas rurales y los pocos accesos (caminos) que hay para llegar a la cuidad. Nada
peculiar fue visto, en contraparte, los asesinatos de animales continuaban,
ahora extendiéndose a aves, tales como gallinas, patos y toda alimaña de corral
y de poco tamaño, fácil para cazar.
En un lugar
como éste, no fue de extrañarse que los rumores y la imaginación de la gente,
comenzara a fantasear con que el diablo y sus ángeles renegados estaban
rondando la zona, asistiendo a casi todas horas a la iglesia y pidiéndole al
cura que elevara rezos a dios a favor de todos ellos.
Este suceso, en
el cual los animales aparecían muertos en el descampado o en sus corrales, se
prolongó por un período aproximado de un año y medio, tomando inicio en 1632,
hasta que, en el mes de Junio de 1633, finalmente la población se terminó de
desquiciar.
Resultó pues,
que a finales del mes, es decir entre el 27 y 28 de Junio (dispensarán que no
recuerde con exactitud la fecha, pero tiene varios años ya de dicho
acontecimiento) un pescador de la zona, junto con su esposa, reportaron la
desaparición de uno de sus cuatro hijos, el tercero en nacer, una niña de seis
años de nombre Dafnée Fournier. La búsqueda de la pequeña comenzó de inmediato,
hasta que el cadáver de la infanta fue hallado al pie de un gran árbol,
semi-vestida, con las mismas características que los animales presentaban, es
decir: la garganta cercenada por el desgarre de una mordedura, y parte de las
viseras y miembros comidos por el animal. Según el médico local, en compañía
del cura, los disgustados padres y algunos hombres de ley, en representación a
su majestad, confirmó que el asesinato había sido con la intención de matar a
la niña y alimentarse de ella, ya que no encontró ninguna señal de que la pequeña
hubiese sido mancillada, entendiendo, también con esto, que nos enfrentábamos a
un animal y no a un hombre trastornado.
El pánico que
tuvo lugar fue sin precedentes. De ser una comunidad alegre, rebosante de vida,
el lugar se tornó una ciudad fantasma, donde la gente que transitaba por las
calles y en las zonas rurales, lo hacían armados casi para la guerra.
Fue finalmente
el diez de Julio, cuando una mujer, atacada por la feroz y vil alimaña, y logrando
escapar de sus fauces, reportó la apariencia del animal que estaba asesinando bestias
de ganado, aves y personas.
Según el
documento que se levantó en aquel momento, y el cual trascribiré tal cual,
dice:
El año, 10 de Julio de 1632 de nuestro
Señor
Jesucristo.
Épinal-Francia.
Yo, Donatien Blanc, principal autoridad de
Épinal conferida por su majestad el Rey Luis XIII, conocido, igualmente, como
el Justo, doy testimonio y fe del interrogatorio resultante a: Floryne de
Dubois, mujer de veinticuatro años, esposa de Guilles Dubois, tercer panadero
del lugar, de veintiséis años de edad, y de cuya unión nacieron: Graciane y
Fantine Dubois.
Relata la mujer, que de camino a la casa de
sus padres, temprano por la mañana, cuando el sol aún no rozaba el horizonte, y
con la intención de llevarles el pan fresco que su esposo acababa de hornear,
transitando uno de los caminos creados por el deambular diario y no por
decreto, apenas alejándose del pueblo, y dando fe que la casa de sus padres
apenas está en las afueras del mismo, y que de dicha casa, la ciudad de Épinal,
con sus murallas y castillos, se ve con toda claridad, fue atacada por una
especie de ser humano, agresivo y con la mirada salvaje, cual animal. En
primera instancia dicha aberración se lanzó a la yugular de la indefensa víctima,
pero ésta interpuso, según relata, la canasta en donde llevaba el pan, evitando
así que la intención perversa del demonio no fuera cometida.
No terminando ahí la historia, aquel ser
rabioso, el cual la afectada describe con un rostro entre humano y animal, con
una larga cabellera enmarañada, y que por la cual podían verse, bajo los
últimos rayos de luz de luna, una dentadura blanca, surcada por unos labios
grotescos y en clara expresión de odio o furia, continuó con su ataque,
hincando su ya descrita dentadura en uno de los brazos de Floryne. Es aquí
(comenta ella), donde se percató que aquel ser era del género femenino, ya que
al abalanzarse sobre si, ilustra que sintió claramente los bultos que toda
mujer porta en su pecho una vez alcanzada la madures, y también el suceso de
que aquel ser, estaba completamente desnudo, embadurnado, al parecer, por un
fango pegajoso y pestilente, mismo que presentó como prueba, puesto que había quedado impregnado en las prendas que portaba
al momento de ser atacada; otra prueba presentada fue el mordisco que recibió
en el brazo, el cual claramente parece ser entre una mezcla animal y humana.
Continuando con el relato, la mujer comenzó a
patalear, y fue, al parecer, lo que hizo que aquella alimaña saliera asustada, o
quizá adolorida por algún fuerte puntapié.
En su huída, Floryne describe cómo el animal
salió corriendo de manera antinatural, y según palabras de la víctima, “parecía
como si quisiera caminar en dos y cuatro patas a la vez, una, apoyando alguno
de sus brazos en el piso y encorvando su cuerpo, otras, manteniendo ambos
brazos despegados del suelo, corriendo en dos pies, aunque siempre mantenía una
postura encorvada”.
Después de este horripilante encuentro, la
mujer regresó con su marido, y una vez contado lo sucedido acudieron a mi,
quien en nombre de su excelsa majestad, Luis XIII, cumpliré mis obligaciones y
tomaré las acciones pertinentes para dar caza a tal inhumana alimaña, y
proteger así a los súbditos de su majestad.
Dando fe y constancia del presente relato:
Donatien Blanc
Como se puede esperar, tal descripción no tardó en
escucharse en cada rincón de la ciudad, propagada en algunos casos, por la víctima
y sus familiares, y en otros, por el chisme insaciable de la chusma.
Confieso que,
cuando dicha descripción llegó a mis oídos, yo mismo fui presa de un pánico
inexpresable, y debido al mismo, tomé medidas en mi casa, tales como clausurar
ventanas y poner mayor cerrojos a las puertas, con el propósito de proteger a mi
esposa e hijos. Muy probablemente, mucha gente hizo lo mismo que yo.
Conciente de
las funciones que mi cargo amerita, no obstante, tuve que hacer caso omiso del
terror que dicha descripción me provocaba y servir a cabal juicio mis
obligaciones con la ley, nuestro rey y dios, esto incluso si significaba
deambular por las calles a altas horas de la mañana o de la noche, siempre
portando algún arma conmigo y sintiéndome aún inseguro, incluso, dentro de los
muros de la ciudad.
Para el mes de
Agosto, en un lapso de tres semanas, nuevas víctimas humanas y animales fueron
halladas: una niña de catorce anos, y dos niños, uno de ocho y el otro de diez.
En cuanto animales, una oveja y unas cuarenta o cincuenta gallinas y sus crías.
En ese tiempo,
también, varios hombres aseguraron haber visto corriendo por los matorrales un
ser medio humano, medio animal, que pegaba escalofriantes alaridos a modo de
aullidos de lobo, siempre en la noche, cobijado al parecer por el poder que ésta
le da por parte del diablo.
No sé si todas las
visiones que la gente juró ver fueron reales, o tan sólo el miedo y la
superstición causó ver cosas que no estaban allí, o fue el hecho de llamar la
atención en la comunidad, lo que incitó a esos hombres y mujeres hacer tales
afirmaciones, pero la verdad era que, en aquel entonces, los mencionados
sucesos, según tengo entendido, comenzaban a ser un rumor en todo el país, e
incluso fuera de éste, y para nosotros un completo y total misterio, debido a
que toda acción que tomábamos para darle caza, incluso utilizando animales como
carnada, nunca rendían frutos.
En estas
condiciones terminó el mes de Agosto y Setiembre inició sin ninguna luz que
aclarara el panorama. Así fue hasta que, no sé de dónde, ni cómo, pero sí que,
más o menos a mediados de dicho mes, el vulgo comenzó a asociar a dicha alimaña
con Simone, dando a entender, y reavivando aquella antigua difamación, que su
belleza había sido obtenida a través de un pacto con algún demonio o el
mismísimo diablo, convirtiéndose en su consorte. “La putain du diable”, fue la
nueva manera para referirse a ella.
Con el paso de
los días, algunos comenzaron a esparcir el rumor de que habían visto al
monstruo correr desnudo por el campo, distinguiendo, según ellos, el rostro de
Simone mezclado con aquel aspecto animal y feroz. La idea de que Simone era la
causante de tales desgracias, se expandió de tal manera y con tal fuerza, que
esta vez los problemas fueron inmediatos para los familiares de la joven.
Su hermano,
aquel chico casi considerado un santo, comenzó a ser hostigado constantemente
por niños, adolescentes y adultos, insultándolo, desprestigiándolo de que
seguro él y su hermana fornicaban juntos para deleite de Lucifer o haciéndole
recordar que él era el hermano de “la putain du diable”.
Fue cuestión de
tiempo para que el chico fuera arrastrado a tal punto que no encontrara otro
método más que la violencia como única fuente de escape. Paralelamente, la
gente dejó de negociar con su familia, e incluso llegaron al extremo de
negarles la venta de alimentos, lo que ocasionó que la parentela Dómine cayera
en desgracia, pues imposibilitados de vender o comprar, no les quedó más
remedio que comenzar a subsistir de sus propios animales, comiéndose
literalmente su patrimonio.
Para todo esto,
Simone no había sido vista por ningún ojo mortal desde hacía algunos meses,
aunque no faltaban algunos que afirmaban que le vieron a orillas del río
Mosela, recogiendo agua con su hermano, “tan hermosa y despampanante como la
misma Virgen María”.
Finalmente, en
el mes de Noviembre, según el acta proclamada el día 15 de dicho mes, de 1632, La
criatura fue capturada en un trabajo en conjunto con la población y las
autoridades del lugar, entrada ya la noche, cuando la luna estaba en lo más
alto del cielo, alumbrando con gran fulgor la campiña francesa.
Metida en un
saco de arpillera, de los utilizados para transportar harina, arroz, o alguna
otra cosa que pudiera ser menester, y a base de puntapiés, golpes con palos y
latigazos, la alimaña fue transportada a la plaza principal, donde se irrumpió
en la iglesia para tocar la campana y así congregar a la población.
No sé si habrá
sido cerca de la una o dos de la mañana cuando el repicar de la campana me
despertó y en cuestión de minutos fui alertado del suceso que estaba tomando
lugar. De inmediato partí para el terreno indicado donde tomarían ocasión los
hechos.
Cuando llegué a
la plaza, el gentío lucía alborotado y el ambiente completamente enrarecido.
Pude notar cómo en los ojos de los ciudadanos una rabia inexpresable emanaba de
ellos. Por mi propia seguridad decidí apresurarme y reunirme con mis camaradas.
Gracias a mi
posición, no me fue difícil conseguir un buen lugar para ver el espectáculo que
se estaba presentando.
Creyendo que el
momento era preciso, puesto que ya había suficiente gente reunida, el grupo de
hombres que dieron caza al animal que por tanto tiempo causó terror y pánico,
fue expuesto ante todos, introduciéndolo a golpes en una gran jaula de metal,
imposible de romper, como quedó demostrado cuando aquella “cosa” comenzó a
golpear con gran ahínco las barreras que le aprisionaban sin poder destruirlas.
Pese a que el
barullo de la población era abrumador, cuando la bolsa de arpillera fue
removida de la bestia, el silencio, más frío y áspero que el beso de la muerte,
se apoderó de cada uno de los allí presentes.
Ante nosotros,
la imagen de una mujer desnuda, untada por completo en un fango pestilente, al
parecer barro mezclado con algún tipo de yerbas y heces de animales, comenzaba
a erguirse en dos patas, aunque manteniendo una postura semi encorvada en todo
momento. A simple vista algunos rasgos peculiares resaltaban en el contorno de
aquella grotesca silueta; de cabellera larga que cubría gran parte de su cara,
pero que de tanto en tanto dejaba ver unos ojos vidriosos que reflejaban la luz
de las antorchas como si fuesen vidrio
pulido, y una dentadura completamente de afuera, como si los labios se
contrajeran sobre la encía dejándola completamente visible al igual que unos
dientes blancos y muy bien formados.
Pasando un par
de cuerdas tras los barrotes, y con una gran habilidad por parte de los hombres
que realizaban dicha tarea, lograron sujetar a la mujer por su cuello,
ahogándola, y facilitando así, el
aprisionar sus manos y piernas de la misma manera. Una vez creyeron que la
aberración estaba suficientemente sujetada e inmovilizada, un valiente
introdujo su mano para descubrir el rostro de aquel ser entre la maraña de
pelos duros y enlodados que le cubrían.
Lo que se vio,
una vez más produjo un silencio horripilante; sin duda aquella mujer era
Simone, completamente desnuda y cubierta con algún ungüento, pero era la
expresión que su rostro expresaba, lo que hacía dudar que fuera humana, que
fuera Simone, por lo menos en parte, ya que su gesto contraído asemejaba a los
de algún animal salvaje, al igual que su mirada, completamente carente de
cualquier signo de inteligencia, vacía y con una rabia tan feroz como la de los
lobos o los perros cuando están en posición de ataque. De igual forma, la
manera en que mostraba su dentadura, tan perfecta y blanca, recordaba al de un
animal. Dios sabe que sólo le faltaron los colmillos para confundirla por
completo con uno.
Pese a tan
dramática descripción que doy de lo que vi en aquel momento, no puedo hacer caso
omiso de que en aquella cara, los rasgos de la bella Simone estaban presentes,
muy ocultos tras ese animal que se nos presentaba enjaulado.
Sin saber con
exactitud qué era lo que se debía hacer, el populacho comenzó a cuchichear
entre sí, dejando escapar de tanto en tanto la ya popularizada expresión, con
una sutil variación: “¡Elle est la putain du Diable, de la tuer!”
Fue en este
punto, cuando aún perplejos ante aquel horroroso descubrimiento, y a un paso de
buscar alguna cruel manera de matar a… no sé si escribir mujer o animal, que el
señor Donatien Blanc tomó las riendas del asunto, ordenando de inmediato que
llevaran a la prisionera lobo-mujer (así la llamó textualmente el señor Blanc,
supongo yo, por la fiereza y similitud que la mujer había tomado con dichos
animales, y los relatos que habían llegado con anterioridad a Épinal), a las
mazmorras del castillo. Fueran por su familia, y así, al día siguiente, por la
mañana, se llevara a cabo un juicio justo, determinando con éste, si Simone era
culpable de algún crimen contra los animales y personas. También, para que
diera una explicación de su desgraciado estado de desnudez.
Aunque al
populacho no le gustó, y sin duda le hubiera agradado golpear a la joven mujer
allí mismo hasta la muerte, no hicieron mucho tumulto, en parte, quizá, porque
sabían que difícilmente algún infeliz escaparía del juicio con todos los
delitos que se le imputarían.
Recuerdo la
mañana del 15 de Noviembre con perfecta y nítida claridad, como si hubiese
ocurrido ayer, por lo que proseguiré a relatar el juicio que tomó lugar aquel
día a las diez de la mañana, en la plaza principal de Épinal, entre las
murallas que protegían la ciudad y cuyos testigos fue toda alma viviente que
rondaba por el recinto.
Capítulo II
-La historia de Simone 2° Parte-
Con el sol, haciendo su siempre eficiente trabajo de iluminar la tierra,
según disposición de nuestro Dios y su hijo, nuestro Señor Jesucristo, la
mañana del 15 de Noviembre de 1632 era perfecta, con un cielo completamente celeste
y sin presentar una sola nube en el mismo.
Cuando el
juicio tomó lugar, demás está redactar que todo el pueblo, sin excepción de una
sola alma viviente, se encontraba allí.
La acusada, es
decir, Simone, fue presentada al gentío,
y para sorpresa de todos (me incluyo), como la joven hermosa que todos
conocíamos, nada que ver con la criatura que horas atrás había sido expuesta
tras las rejas, aunque sin duda, su rostro, no presentaba la alegría
característica de las mujeres de su edad, sino que se miraba sombrío, tosco,
como si guardase algún resentimiento muy reprimido hacia todos los presentes. Portaba
también un vestido precario que cubría su desnudez.
Según la
segunda parte del acta que se levantó ese día, después de explicar la manera en
la que la acusada había sido capturada y el estado en el que estaba, su juicio
se lee así:
El año 15 de Noviembre de 1632 de
Nuestro Señor Jesucristo
Épinal, Francia
…Siendo la acusada, Simone Dómine, interrogada a causa del estado en que anteriormente
fue descrito, es decir, desnuda y cubierta con una especie de ungüento, la
imputada contestó:
“El ungüento es una mezcla de barro de pantano
con yerbas poderosas, sangre caliente de algún animal pequeño y excrementos
secos de lobo”
Cuando se le interrogó acerca de cómo había
obtenido dicho conocimiento, contestó:
“Cierto día, hace ya algún tiempo, conocí a
una mujer que pasaba por la comarca, de edad algo entrada, que inesperadamente
me habló mientras regresaba acarreando
un galón de agua, tomada del río Mosela, a casa. La mujer dijo que podía ver en
mí el sufrimiento que acarreaba, que hacía mucho tiempo ella había pasado por
lo mismo y que a través de un secreto pudo tomar venganza de quienes le habían
hecho daño. Tal vieja me dijo que podía darme el conocimiento a cambio de comida durante
el tiempo que tardara en aprender”.
Cuando se interrogó a la acusada en qué
consistía dicho conocimiento, respondió:
“El conocimiento consiste en saber las medidas
necesarias y los ingredientes para poder crear un ungüento, que por las noches
permita a una persona transformarse en un animal salvaje, una vez el bálsamo es
untado en todo el cuerpo”.
Cuando realicé la siguiente pregunta; ¿está
usted, Simone Dómine, dando a entender que por medio de la brujería puede
conseguir transformarse en un animal salvaje?, ella contestó:
“Sí, en un lobo”.
Cuando se le cuestionó acerca de la forma en
la que actuaba cuando fue atrapada, es decir, de manera salvaje, antes y una
vez metida en el saco de arpillera y posteriormente en la jaula, contestó:
“Si bien esa era yo, al mismo tiempo no lo
era, pues quien actuaba era el lobo que tomaba mi cuerpo, aunque yo en todo
momento era conciente y podía ver lo que éste realizaba”.
Ante esta declaración se le imputó la siguiente
pregunta: Según lo que está dando a entender, ayer en la madrugada, cuando fue
capturada, no fue usted, sino el lobo, el cual alude puede transformarse. Si
esto es así, ¿qué hizo para cambiar?, es decir, ¿por qué hoy en la mañana,
cuando los guardias fueron a buscarla en el calabozo se encontraron con usted,
actuando como una persona normal, y no con las salvajes características de
hacía tan solo unas horas?, a lo que la inculpada respondió:
“El efecto del ungüento puede durar unas
cuantas horas, pero siempre perderá su poder una vez el primer rayo del sol
asome en el horizonte, haciéndome regresar a mi condición de persona”.
Cuando a la interrogada se le preguntó si era
ella la causante de la matanza de los animales de campo, tales como ovejas, terneros,
gallinas, patos y alguna otra clase de ave de corral, respondió:
“Soy plenamente conciente que, cuando el lobo
tomaba control de mi cuerpo, mataba a estos animales para alimentarse, o en
algunos casos únicamente por deleite”.
Cuando se le preguntó: Conforme a lo que
acaba de comentar, este “lobo”, ¿mataba movido por su posible instinto animal,
o usted tenía alguna manera de hacerle saber los animales de qué personas
asesinar?, a lo que respondió:
“Ambas, en algunos casos los animales que
asesinaba lo hacía por hambre, en otros, era mi deseo el que le movía a matar”.
Cuando se le preguntó: ¿Entonces usted tenía
deseos de causarle algún mal a las familias de dichos animales?, ella
respondió:
“Sí”.
Cuando se le interrogó acerca de los asesinatos
de niños y adultos, acusándola y cuestionándola acerca de que era ella quien
había cometido tan bárbaro acto, respondió:
“Si, en todo momento ordené al lobo que
asesinara a los niños y adultos”
Cuando se le preguntó: ¿Cuál fue el primer
asesinato humano que cometió, según usted, en su apariencia de lobo?, la acusada
respondió:
“Dafnée Fournier, una niña, hermana de Emilien
Fournier”.
Cuando se le cuestionó acerca de los motivos
por los cuales había asesinado a seis niños pequeños, cuatro adultos, un
anciano y un intento fallido, es decir, Floryne de Dubois, la acusada, pese a
la insistencia, no respondió.
Cuando se le preguntó: ¿Está usted, Simone
Dómine, conciente que no sólo puede ser condenada por la ley, debido a los
crímenes que, de una u otra manera realizó, y que en este lugar, en presencia
de todas las autoridades de Épinal, sus habitantes, Dios y su hijo el Cristo,
confesó, sino que también puede ser acusada de brujería y condenada por la Santa Inquisición? La joven
respondió:
“Sí, estoy conciente”.
Dada la presente confesión redactada en este
documento, y en nombre de Rey Luis XIII, cuya autoridad recae en mí, Donatien
Blanc, en la ciudad de Épinal, condeno a Simone Dómine a cadena perpetua, por
los asesinatos premeditados de animales y personas de ya mencionada localidad,
y dejo en total libertad a la Santa
Inquisición de Francia, cuando lo considere pertinente,
revisar dicho caso, que bien posee referencias claras a artimañas de brujería, y
acatar su resolución, sin ninguna contradicción, referente al destino de la
hereje.
Donatien Blanc.
Terminado
una vez el juicio, y dada la resolución de cadena perpetua, no tardó en hacerse
sentir el malestar general de la población, queriendo ésta, que la rea hubiese
sido condenada a la horca o la guillotina. Sin importarle tal parecer al señor
Blanc, puesto que era hombre que nunca se retractaba de sus acciones, mandó a
Simone ser encerrada en una de las mazmorras del castillo principal de la
ciudad, en una habitación sin ninguna ventana al mundo exterior, luz y contacto
con ser vivo alguno. Siendo esta disposición así, quedaba completamente vetado
que algún carcelero le abriera la puerta para darle de comer o limpiar la
mazmorra, su alimento sería entregado por una pequeña abertura en la parte
inferior del grueso tablón que fungía como puerta y ésta sería entregada o
depositada directamente en el piso, careciendo de cualquier utensilio en el
cual se pudiera servir.
Es menester
hacer alusión que, antes de que Simone desapareciera de la mente de la chusma
por muchos años, a las dos semanas de haber sido condenada y encerrada, es
decir a poco de concluir el mes, el populacho consiguió, a través del la
iglesia local, una orden de la Santa
Inquisición para recolectar pruebas que pudieran confirmar
que dicha rea tenía lazos con el diablo y toda su sarta de hechizos engañosos.
Como bien he
comentado en líneas anteriores, desde hacía gran tiempo, la gente comenzó a
cuchichear que la joven mantenía relaciones con el diablo para obtener dicha
hermosura, y ahora, claro está, fue agregado el conocimiento de transformarse
en un lobo.
Basados en esta
idea y a raíz de que la
Santa Inquisición mandó aquel edicto al cura local, el cual
exhortaba reunir suficiente información como para que ameritara el envío de
representantes, Simone fue previamente llevada, una vez más, a un acto público,
donde en presencia de todos, fue desnudada, y un médico en vigilancia del sacerdote,
revisó la castidad de la joven.
Aunque confieso
que el resultado me sorprendió, el edicto del doctor Gaëtan Girard fue que
Simone no era doncella.
En ningún
momento pongo en tela de juicio la honestidad del doctor Girard, siendo él, médico
de mi familia y de mi persona, pero sin duda, el dictamen levantó un gran
revuelo en la población, confirmando sus teorías que dictaban, que la chica,
desinteresada por los hombres, fornicaba con el diablo y sus demonios en orgías
alrededor de una hoguera, para después colocarse el mencionado ungüento y
transformarse en lobo.
“Lupins”, fue
la nueva manera para designarla, aludiendo a los casos que sacudieron a Francia
en años anteriores, respecto a los “Lupus-Garou”, hombres que tenían la
cualidad de transformase en lobos y que fueron enjuiciados conforme la ley. No
obstante, y de acuerdo a la tradición que dicta que las “lupins” eran
mujeres-lobo inofensivas, la idea que se crearon respecto a Simone, fue todo lo
contrario.
Comentado este
capítulo, Simone fue nuevamente encerrada en las mazamorras, y con el pasar de
los años, la historia de sus atrocidades comenzaron a contarse como cuentos
para asustar a los niños, aunque siempre hacían resaltar la idea de que, en
alguna de las celdas del castillo, la mujer lobo estaba encerrada, sedienta de
sangre y hambrienta por carne de pequeños.
Llegó a mis
oídos, ya en el año 1636, que la madre de Simone había fallecido, al parecer de
muerte natural, y que al cabo de unos cuantos meses, su ahora viudo padre,
partió para alguna otra localidad del país, según los rumores, tras una
mujerzuela que se dedicaba a la actuación. Respecto a su hermano, como ya he
preescrito anteriormente, se entregó al bajo mundo, ahogándose en la bebida y
las peleas callejeras, situación que desde siempre le ha estado haciendo vivir
más en una celda, como su hermana, que en su casa.
Variados
rumores podría contar acerca de lo que se comenta de él, tales como, que le da
igual acostarse con mujeres que con hombres, o que de vez en cuando le es
permitido ingresar a la celda en donde yace su hermana, para así realizar rituales
en adoración al diablo, y orgías grupales que involucran incluso a los
celadores del recinto.
Por supuesto
que esto son solo vil calumnias al respecto del joven y la guardia de la
ciudad, puesto que como hombre de ley, soy muy conciente de las cosas que
suceden tras las murallas del castillo, y con toda claridad puedo decir que en
las mazmorras del mismo, la propia palabra placer es una burla al recinto. Allí
tal sensación o alusión no existe, y jamás será permitida.
Respecto al
resto de las alusiones que se le infieren al hombre, otra vez, soy incapaz de
afirmarlas o negarlas, desconociendo completamente los hechos.
Transcurrieron
así, desde el inicio de esta historia, en el año de 1631 hasta 1646, quince
años, estando ahora bajo el mando de su ilustrísima excelencia el Rey Luis XIV
hijo del difunto monarca Luis XIII; y estando yo, ejerciendo uno de los cargos
más importantes a los que he podido aspirar, narraré el suceso que vino a sacar
de su pútrida celda a Simone Dómine.
Iniciando el
mes de Marzo, del presente año, es decir, 1646, el cura interino me presentó una
carta de la Santa Inquisición
Francesa, enviada recientemente, preguntando si la rea, Simone Dómine,
continuaba aún con vida, para así mandar emisarios que le dieran justo juicio
en nombre de su santidad el Papa Inocencio X y nuestro señor Jesucristo.
Para dar honrada
contestación a la santa petición, me dispuse visitar el calabozo donde Simone
había permanecido encerrada por catorce años, y confirmar así, que la
desgraciada aún continuaba con vida.
¿Cómo expresar
lo vivido en aquellas horas?, ¿cómo relatar la impresión que tal escena causó
en mi? Intentaré, de la manera más diligente, reconstruir aquel hecho con toda
fidelidad.
Una vez llegado
al castillo, y descendiendo por húmedas escaleras, siempre guiado por un
guardia que se me asignó exclusivamente como guía, llegamos al área de las
mazmorras. Aunque ya había estado allí en algunas ocasiones, gracias a dios,
nunca como prisionero, el lugar no dejaba de impresionarme y causarme extrañas
sensaciones por todo el cuerpo. Para darme a entender con mayor precisión, diré
que el aire allí se torna húmedo, con un cierto sopor que dificulta respirar. Supongo
que la mala ventilación es la causante de tal acontecimiento.
Continuando, el
joven y corpulento hombre que me guiaba, me condujo por intrincadas galerías y cámaras, donde, en
algunos casos, las celdas, a modo de jaula, permitían ver a los desdichados
cual cadáveres agonizantes en un rincón del piso, con sus rostros casi
desfigurados por el hambre y sus huesos sobresaliendo horrendamente tras sus
pieles y la poca o nula carne que pudieran poseer. En otros casos, arcos
enteros se destinaban a mantener a los condenados colgando por gruesos
grilletes en sus muñecas. Siempre pensé que esta postura realmente debería ser
un suplicio.
Cuando
finalmente comenzamos a llegar a la mazmorra donde Simone estaba alojada, un
olor nauseabundo de heces y orín humano penetró mi nariz como un demonio
ansioso por poseer mi alma. No tuve más remedio que cubrirme las fosas nasales con
el pañuelo que portaba. Distintamente, el guardia que me acompañaba,
simplemente presionó su nariz con la yema de su pulgar y el resto de sus dedos,
en un claro gesto que indicaba que percibía aquel hedor, pero que no era tan
poderoso como para sofocarle.
Después de
comunicarme que la puerta que estaba frente a nosotros no había sido abierta en
los catorce años de cautiverio de la rea, a excepción de aquella vez donde se
la sacó para humillarla públicamente respecto a su castidad, él, al igual que
el resto de los guardias que durante estos años se estuvieron turnando la
custodia de la celda, nunca escucharon sollozos, insultos, suplicas o algún
indicio de que alguien allí estuviera vivo. Sin embargo, con el pasar de los
años, el hedor de las heces y el orín fue en aumento, aunque hoy en día ninguno
sabe decir que el olor que se percibe es debido a los excrementos de antaño, o
aún, la mujer allí encerrada, los sigue produciendo. En lo que confiere a la
comida, tampoco tenían idea si los pedazos de pan y los pequeños platillos de
agua que se introducían eran utilizados o pasaban a ser el sustento de las
ratas, que por esa zona parecían aparecer por cientos.
Para que este
misticismo finalmente llegara a su fin, y para que yo pudiera dar finalidad a
mi empresa con diligencia, ordené al guardia que removiera los enormes candados
que aseguraban la puerta, y quitara el grueso tablón que le atravesaba.
Cuando los
engranes comenzaron a girar, de inmediato una pestilencia concentrada fue
expelida del oscuro recinto que se presentaba. Esta vez, incluso el guardia que
me acompañaba se vio obligado a taparse la nariz con la mano.
Rápidamente
comencé a alumbrar con la antorcha el interior de la prisión, siempre evitando
entrar en él.
A medida que la
luz destruía la oscuridad, podía ver, en el piso, una alfombra de excremento
amohosado que se revelaba con tal impresión, que no pude evitar vomitar en el
acto.
Mientras me
reponía, el celador recostó la puerta casi hasta emparejarla.
Cuando dispuse
renovadas energías, retomé lo que había abandonado a causa del asco. Finalmente
vi lo que quería ver. En un rincón, asustada, al parecer por la luz de la
antorcha, la mujer conocida como Simone Dómine, se agazapaba como un animal aterrado,
completamente desnuda, situación que me permitía ver el deplorable estado en el
que se encontraba; casi en los huesos, con unos senos marchitos que colgaban
como piel curtida, una cabellera extremadamente larga que cubría parte de su
encorvada espalda, la cual dejaba ver las protuberancia de sus huesos como si
se tratasen de púas. De lo que respecta a su rostro, vi lo que, aquella
madrugada del 15 de Noviembre de 1632 vi junto a todo el gentío. Un animal
salvaje, con la mirada completamente carente de pensamiento, con la encía y los
dientes de fuera, que ahora, a causa de la flacura que la infeliz presentaba,
se veían más aterradores y marcados. Sus pómulos contraídos, al igual que su
seño, formaban una expresión que difícilmente olvidaré, tan salvaje que la idea
de que aquella mujer se había convertido en una “mujer-lobo”, me resultó
palpable y completamente tangible.
Comprobado así
que Simone continuaba con vida, salí del recinto para sopesar la impresión de
lo vivido.
Una vez en mis
tareas, y escribiendo la contestación a la Santa Inquisición,
es casi una obligación dejarlo constatado aquí, que cruzó por mi mente el
pensamiento de cuán increíble me era convencerme a mi mismo, que aquella
criatura arrinconada, fue alguna vez la mujer más hermosa del lugar que estuvo
en boca de todos. También comprendí el poder que las mazmorras pueden ejercer.
Para Mayo de
1646, finalmente los representantes de la inquisición llegaron a Épinal con la
única obligación de atender el caso de Simone Dómine, resultado de mi carta, y
la confirmación que en ella se expresaba, conforme a la pregunta que habían
planteado.
Capítulo III
-La Historia
de Simone 3° Parte-
El cuatro de
Mayo 1646 los dos representantes de la Santa Inquisición: Gratien
Morel y el Cardenal Jean-Paul Bernard, arribaron a la ciudad de Épinal,
iniciando sus actividades al día siguiente con la mayor presteza y diligencia
que jamás vi, la misma que intentaré plasmar en las consecutivas hojas.
Pidiendo estos
hombres un cuarto donde poder interrogar a la susodicha, de preferencia en
alguna torre o habitación aislada, donde ningún ojo indiscreto pudiera tener
lugar a ver lo que adentro pudiese ocurrir, instalaron en la cámara asignada
una serie de artilugios que en primera instancia no entendía su función. De éstos
fueron ensamblados tres con la ayuda del carpintero y el herrero del lugar. Uno
de los mencionados artilugios, albergaba una especie de cubeta o balde gigante,
el cual fue llenado con agua.
El seis de Mayo
de 1646, a las once y cuarto de la mañana, en la era de nuestro Señor
Jesucristo, dió inicio el interrogatorio de la Santa Inquisición Francesa a
Simone Dómine. El cuestionario tomaba como testigo del proceso a tres hombres
de relevancia en la administración de las presentes tierras del rey, a mi
persona, y a los dos guardias que trajeron, en medio de forcejeos y golpes, a
aquella alimaña de mujer, que a su presencia en el recinto impresionó a todo
mundo, incluyéndome, pese a que ya la había visto con anterioridad.
Hago un paréntesis
para destacar que la cara de su eminencia, el Cardenal Jean-Paul y la de su
ayudante Gratien Morel, fueron completamente removidas de su faz al observar
detenidamente a la acusada. Flaca, con los huesos de las caderas y el costillar
completamente marcados, ostentando unos senos marchitos y caídos; la pigmentación
de su piel, tan blanca como la nieve, estaba esporádicamente marcada por
ronchas que a simple vista daban a entender que estaban llenas de pus. Demás
esta describir el salvajismo que su rostro expresaba. Las uñas de sus manos,
sin ser cortadas por catorce años, sobresalían negras y afiladas como las
garras de algún animal fiero.
Cuando, por orden
del Cardenal Jean-Paul, los custodios liberaron a Simone, la mujer,
automáticamente se echó a correr en cuatro patas, cual lobo, por la habitación,
acurrucándose en uno de los rincones más oscuros del cuarto.
Es casi
imposible describir con palabras la sensación e impresión que aquel suceso
marcó en todos nosotros, incluso me atrevo a redactar, que el propio Cardenal
se sintió completamente desamparado de dios, cuando presenció la manera en la
que se desplazó la mujer, palideciendo y abriendo los ojos como dos enormes
platos.
Aunque no me
pude ver, no podría negar que mi reacción fue la misma, si alguien me la
describiera.
Una vez
recobrados de la impresión, el cardenal ordenó mantener atada a la mujer, y
después de unos cuantos minutos, unos para poder capturarla, situación que casi
acaba con la vida de un guardia, puesto que, sintiéndose la mujer agredida, se
abalanzó con sus fauces a la garganta del infeliz, y de nos ser por la rápida y
pronta acción de su compañero, que interpuso un enorme palo, con el cual salvó la
vida de su camarada, y mismo con el que apaleó a la mujer hasta que su repuesto
compañero logró asirle los pies con un nudo, y posteriormente las manos; otros
para que la mujer, hecha un mar de miedo y nervios, dejara de retorcerse intentando
zafar los nudos que le sujetaban. Una vez calma, dio inicio el interrogatorio.
Debido a que no
poseo las copias originales que su excelencia, el Cardenal Jean-Paul redactó y
escribió a medida que el suceso se iba presentando, intentaré, de la manera más
fiel, narrar las preguntas realizadas por parte del Cardenal a Simone Dómine:
Cardenal:
¿Puede usted,
todavía hablar el idioma francés?
Simone:
No hubo
respuesta por parte de Simone.
Cardenal:
Le vuelvo a
repetir la pregunta, ¿puede hablar el idioma
francés?,
¿puede usted entender lo que digo?
Simone:
No respondió.
Cardenal:
Es mi deber
informarle, señora Simone, que estoy en
total libertad
de utilizar la fuerza para obtener una
respuesta.
Conociendo esto, le haré una vez más la
pregunta,
¿recuerda cómo hablar?.
Simone:
No respondió.
Haciendo una
señal con la mano al hombre que había viajado con él, es decir, Gratien Morel,
éste interpretó la intención del Cardenal de inmediato, tomando a la desdichada
mujer por los pelos, causando que la misma lanzara un descomunal alarido de
dolor, mientras la arrastraba a una de las mesas que se habían armado por orden
de su eminencia el Cardenal.
Ayudado de los
dos guardias, ataron a Simone en dicho artilugio de pies y manos, haciendo que
las cuerdas que le sujetaban, quedaran enlazadas en un grueso tronco giratorio,
el cual comenzó a ser movido por Gratien, estirando las extremidades de la rea
y causándole, supongo yo, tal dolor, que el simple hecho de recordar los
alaridos me son un tormento.
A continuación,
el Cardenal Jean-Paul prosiguió con el interrogatorio:
Cardenal:
Hago de nueva
cuenta la pregunta: ¿puede usted hablar?,
¿entiende lo
que estoy diciendo?
Simone:
No contestó.
Con un renovado
gesto del hombre santo, Gratien giró de nueva cuenta el tronco que hacía que
las cuerdas se enrollaran y de esa forma, comenzaran a estirar el cuerpo de
Simone.
Podría relatar
el acontecimiento de principio a fin, pero temo que no estoy en nada
entusiasmado en revivir esta parte de los hechos, por lo que me limitaré a
informar que: después de que su excelencia el Cardenal, consideró que, sea como
sea que se llame el instrumento anteriormente descrito, no era productivo,
quitaron a Simone de dicho lugar para atarla de los pies, y ayudados de una
viga que sostenía los cimientos del techo, la colgaron de cabeza sobre aquella
cubeta que en líneas anteriores mencioné. Así dió paso a una tortura, la cual consistía en ahogar a la mujer de
tanto en tanto, siempre en busca de que dijera alguna palabra o que diera
señales de estar entendiendo lo que se le decía.
Simone Dómine fue, en un lapso de casi dos
horas, torturada de cuatro maneras diferentes, todas ellas al parecer,
dolorosas, pero que curiosamente no involucraban el derrame de una sola gota de
sangre, o moretones excesivamente pronunciados. Me atrevo a decir, que la Santa Inquisición sabe como
conseguir las confesiones de los herejes sin cometer pecado. Toda una cualidad
de tan Santa Organización, y que sin duda demuestra por qué su Santidad el Papa
Inocencio III y posteriormente Lucio III, hace años, dieron inicio a tan horrenda
pero necesaria tarea.
Finalmente el
decreto de su excelencia, el Cardenal Jean-Paul, el cual poseo, es el
siguiente:
El año de nuestro Señor Jesucristo
6 de Mayo de 1646
Épinal, Francia.
Documento redactado por el Cardenal
Jean-Paul en nombre de la
Santa Inquisición Francesa.
Yo, el Cardenal
Jean-Paul Bernard, doy constancia y fe, que en el día, mes y años prescritos,
como dicho documento lo avala en su encabezado, comencé el juicio que la Santa Inquisición impone a todo
aquel devoto de nuestro Señor Jesucristo y de su Santidad el Papa Inocencio X que
incurra en prácticas herejes, así igual, de todo aquel que desconociendo la Santidad del Papa o la
divinidad de nuestro Señor Jesucristo y se apegue a alguna otra idea hereje de
religión, que no es más que una práctica del diablo, puesto que la única verdad
de este mundo es nuestro Señor Jesucristo, las Sagradas Escrituras y el Papa.
Siendo así, expondré el caso en cuestión.
Se me informa
que, en el año 1632, en la localidad de Épinal, Francia, y cuando el Rey Luis
XIII aún vivía, tuvo lugar una serie de asesinatos relacionados con el ganado
de la zona, que posteriormente derivó en la muerte de algunos niños y adultos.
Tras un rápido
actuar de los hombres que hacían validar la ley de su Majestad el Rey, y con la
ayuda de los lugareños, se logró capturar a la alimaña que estuvo causando tan
espantosos estragos.
Según la
constancia escrita que fue levantada respecto a dicho acontecimiento, se lee
que, la criatura capturada no fue una bestia salvaje, sino una mujer de la
localidad, cuyo nombre es Simone Dómine, en aquel entonces de diecisiete años
de edad.
Según lo que en
dicho escrito se lee, la mujer confesó, no sólo haber matado a los animales y
personas, sino que lo realizó ayudada de una poción mágica la cual le confería
el poder de transformarse en un lobo.
De acuerdo a mi
experiencia, antes de dar inicio al juicio, en los dos días previos, recolecté
la suficiente información para poder confirmar que, desde antes que los asesinatos
comenzaran a tomar lugar, ya se sabía que Simone Dómine realizaba pactos con el
diablo para poder hechizar a los hombres y así causar que éstos desatendieran
sus obligaciones con sus esposas en pos de cumplir demandas que la maliciosa
bruja les confería, según recavé información, actuando astutamente para que los
hombres, aturdidos por su despampanante belleza, le entregaran su dinero,
auque, ¡bendito nuestro Señor Jesucristo!, la hechicera sólo se interesaba en los
bienes materiales, no contaminado a los hombres con actos de pecaminosa lujuria.
Al parecer la mujer únicamente fornicaba con el diablo y sus acólitos.
Entendí,
también, que algunas personas fueron testigos oculares de las fiestas herejes
que la mujer realizaba. Estos testigos validan sus comentarios con la plena
confianza del cura de este lugar. Siendo así, señalan que la perversa se perdía
en los bosques, por las noches oscuras y sin luna, donde encendía enormes
fogones y se ponía a bailar alrededor de éstos, llamando así al diablo y sus
demonios. Cuando aparecían, daba paso a una orgía que culminaba con la vil y
lasciva tarea de ungir en todo su cuerpo un ungüento que le transfería los
poderes para transformarse en una “lubins”, con la diferencia, no por esto
menos peligroso y vil, de que esta mujer-lobo, lejos de ser pasiva y tímida,
actuaba como un Lupus-Garou, salvaje y asesina.
Muchas otras afirmaciones
me fueron conferidas acerca de las cualidades malignas que esta hereje posee,
todas, sin ninguna duda por mi parte, reales. De estas, la que es menester
resaltar, es que, una vez atrapada por las autoridades, se pudo constatar que,
pese a que ningún hombre en el lugar afirmaba haber yacido con tal mujer, y
teniendo en cuenta el miedo que esta bruja causaba entre los habitantes (situación
que valida una vez más que dicha afirmación es real), se constató que, la
desgraciada no era doncella, según una inspección médica realizada bajo la
vigilancia del cura local. Siendo esto así, no queda más que pensar que la
desdichada alma ofreció en sacrificio su pureza a Satanás, o en deleite de éste,
a su hermano, pues muchos afirman que parte de sus ritos consistían en fornicar
con su consanguíneo para deleitar al diablo.
Bajo todas
estas pautas, la ley condenó a la rea a toda una vida en prisión, confiriéndola
a dicho estado desde el 16 de noviembre de 1632, circunstancia en el que se
encontraba cuado llegué a Épinal, lo que me da a entender que ha permanecido
trece años y seis meses en prisión, aunque algunos de aquí, cuentan el año de
1632 desde su inicio, dándoles como resultado catorce años de prisión.
En cuanto al
interrogatorio que realicé para saber la verdad de los hechos por parte de la
inculpada, fue imposible hacerle hablar, ya que los años de aislamiento en su
mazmorra le han convertido en un animal salvaje, incapaz del habla o de caminar
en dos pies como una mujer, sino en cuatro patas. También resalto que su
aspecto es muy parecido al de un lobo, ya que su cuerpo se encuentra
completamente cubierto por pelos, que si bien no se comparan con el pelaje de
algún animal, tampoco se puede decir que es la vellosidad normal de una mujer,
puesto que presenta dicha anormalidad en piernas, brazos, parte de la espalda y
la zona de su genital.
Asimismo, su
rostro lejos está de parecerse al de una mujer, ya que está constantemente
fruncido, mostrando dentadura y encía, sus orejas se miran más grandes de lo
normal y su mirada carece de cualquier signo de razocinio humano. Es por esto
que, bajo la autoridad que me fue envestida por el Papa Inocencio X, doy el
siguiente dictamen:
La mujer
conocida como Simone Dómine, inculpada de asesinato de ganado, niños y adultos,
y confesados por ella ante toda la población de Épinal, y reconociendo que
dichos asesinatos fueron llevados a cabo en condición de mujer lobo, estado que
adquiría al ponerse un ungüento mágico que preparaba, y el cual era dotado de
poderes por el diablo, para que la susodicha pudiera transformarse, yo, el
Cardenal Jean-Paul Bernard, condeno a la hereje a que arda en la hoguera, y testifico
que ante mis ojos se me presentó un caso real en el cual queda de manifiesto
que el diablo puede dar poder para que las personas se transformen en lobos o
bestias salvajes.
Por lo tanto,
la “lupins” será quemada viva en la hoguera, en un plazo no mayor a los tres
días.
Jean-Paul Bernard
Conforme
a dicho decreto, la enjuiciada fue llevada una vez más a su celda, y su
sentencia fijada para el día nueve de Mayo del presente año.
Es aquí donde
relataré la historia que finalmente vino a tambalear mis sentidos y preguntarme
si la manera en la que Simone Dómine murió, era la justa y merecida para su
alma.
Transcurriendo
el segundo día, después del edicto del Cardenal Jean-Paul, es decir, el día
ocho de Mayo, me fue pedido, a razón de las dos de la tarde, que fuera por el
cura del lugar para llevarlo a confesar a la desdichada Simone. Así lo hice,
creyendo que aquello sería un mero trámite, ya que me era más que claro, que la
mujer no hablaría ni mostraría señas de entender lo que el cura le podría
decir, por lo que, todo aquello, sería realmente rápido.
Para mi
sorpresa, la del cura y la del carcelero, si bien fue así, los pocos minutos
que pasamos con Simone en su celda, ahora completamente limpia de las heces que
anteriormente tapizaban todo el suelo, y el aire del lugar se percibía menos
fétido, fueron un asombro y completamente inesperados, debido que, la agazapada
mujer al ver el viejo rostro del sacerdote, se acercó a éste lentamente,
caminado en sus cuatro patas, para detenerse a menos de medio metro de
nosotros.
Sus ojos, esta
vez, y a diferencia de antiguas ocasiones, nos revelaron que tras aquella
figura humanoide y encorvada, y muy por encima de su grotesco aspecto, un ápice
de inteligencia permanecía en aquel ser.
Sin duda, Simone
reconoció al cura, pues no pongo en tela de juicio que en todo momento su
mirada se clavó en él.
Lo que a
continuación tuvo lugar, fue algo único. Con voz áspera, casi carrasposa y muy
mal articulada, aquella mujer-lobo pronunció las últimas palabras en su vida.
A continuación
intentaré recrear los diálogos que tuvieron lugar aquella tarde de 1646.
Como describí
anteriormente, una vez que Simone reconoció al viejo párroco del lugar, y
después de acercarse por su propio pie, más de lo que alguno pensó que podría
suceder, con palabras mal articuladas y antes de que alguno de los presentes
iniciara algún intento de diálogo, dijo:
“Si lo hice,
fue porque ellos me ultrajaron, tomaron mi castidad a la fuerza y me
mancillaron. ¿Qué podía hacer?, mi vida estaba acabada. Los crímenes que cometí
fueron la manera que encontré de vengarme, de causarles el mismo dolor que
ellos me provocaron aquel día”
Fue en ese
momento, cuando el cura, temblando, y con el rostro confuso, se acercó a Simone
y apoyó su mano en la cabeza de la desdichada criatura; luego dijo: ¿De qué
hablas, hija? (Debo dejar constancia que el cura conoció a Simone desde su
nacimiento, educándola en las cosas de dios en su infancia, junto con el resto
de los niños, por lo que supongo, le afectó en manera al ver la criatura que
era ahora).
A lo que Simone
contestó: “Lo que nadie sabe, Padre Frédéric, el hecho de que varios hombres de
la localidad abusaron de mi cuando apenas era una chica de dieciséis años. Me
humillaron y me utilizaron para sus antojos como lobos que comen a su presa.
Una y otra vez, durante horas tuve que soportar a esos hombres, y una vez me
dejaron ¿qué podía hacer?, ¿ir con usted, con el señor Blanc?, todo el pueblo
me odiaba por tener la apariencia que poseía, si hubiera hecho o dicho algo, sólo
habría logrado incrementar la rabia y desprecio que sentían hacia mi. Callé.
Guardé aquel suceso para mi y continué actuando como si nada hubiese ocurrido
hasta que aquel día, aquella anciana me habló y de alguna manera supo ver la
tristeza que mi sonrisa ocultaba”.
Para aquel
entonces, lo que nunca creí ver, ocurrió; de aquellos ojos, de aquel ser,
lágrimas cual cascadas vivas comenzaron a rodar por su descarnado y contraído
rostro. Continuó hablando:
“Con las
hiervas y hongos que la mujer me dió, por primera vez puede escapar, olvidar
todo y dejar que la impotencia, el odio dominaran mi ser, a tal punto que en
cuestión de días, la anciana y yo corríamos desnudas por los bosques, y en las
noches, cuando todos dormían, retozábamos en la orilla del Mosela. La libertad
que estas experiencias me dieron son inexpresables, y más, cuando la anciana
partió y yo comencé a deambular sola con mi espíritu”.
¿Pero por qué
vengarse con niños?, farfullé algo cohibido por todo el panorama, y entendiendo
entonces el motivo de sus asesinatos. Ella me respondió:
“Porque
comprendí, que si mataba a sus bestias y personas queridas cuando ese lado
salvaje y animal me dominaba, cuando la rabia y la ira, el lobo que la anciana
dijo, todos poseemos, me poseía completamente, podía devolverles el mismo dolor
y sufrimiento que ellos me hicieron sentir. Y así lo hice. Maté con placer a
cada una de sus bestias y disfruté comerme la carne caliente de sus pequeñas
hermanas y hermanos, al igual que sus esposas, alguno de sus padres o
simplemente algún amigo. De no haberme capturado hubiera continuado hasta que
ninguno de sus descendientes, familiares o camaradas siguieran con vida, sólo los
que me mancillaron, con su soledad y dolor”.
Aquellas palabras,
confieso, helaron mi sangre creando un escalofrío en todo mi cuerpo. A
continuación, el cura, con la voz aún temblando de la impresión, dijo: Te has
alejado mucho del camino del Señor, hija, pronto las llamas de la purificación
devorarán tus carnes, ¡salva tu alma!, arrepiéntete de todo lo que has hecho,
ahora que el diablo te ha dejado razonar, y la bestia que te domina está
durmiendo, hazlo para evitar una tortura en el fuego eterno del infierno.
Arrepiéntete de tus odios, de tus crímenes…
Fue en este
punto cuando Simone estalló en un amasijo de cólera y rabia que a punto me
hicieron salir corriendo de aquel lugar. Lo que me detuvo, fue que la mujer,
lejos de iniciar un ataque, como primeramente pensé, retrocedió unos cuántos
pasos hacia atrás, en su ya repulsiva forma de desplazarse. Aún famélica, y
dificultándosele aun más el habla, dijo:
“¡¿Arrepentirme, yo?! ¡¿Qué hay de ellos?! ¡Ellos
recibieron justicia de los hombres al encerrarme en este lugar, y no obstante,
ahora, recibirán justicia por parte de dios! ¡¿Quién me dará justicia a mí?!
¡¿Quién, sino yo, me di justicia a mí misma?! No me pida que me arrepienta, porque
sería imposible. Lo que ve aquí, es el resultado del deseo del hombre, de su
arrogancia en creer que todo lo pueden poseer. ¡Miren en lo que me he
convertido!, ¡miren en lo que me han convertido! ¿Cómo puede pedirle a un
animal engendrado de los sentimientos del deseo y que vive por los sentimientos
del deseo, que se arrepienta?”
Aquellas fueron
las últimas palabras que se pronunciaron. Ni el cura ni yo nos animamos
contestar, supongo que no podíamos, no teníamos ningún punto para justificarle
lo que le habían hecho, y aunque razones sobraban para recriminarle los actos
que cometió, ¿quién podría hacerlo sin sentirse turbado ante la luz de aquellos
acontecimientos?
Por petición de mi parte, hice jurara al padre
Frédéric y al celador no comunicarle a nadie lo ocurrido hasta que la
desdichada mujer ya no estuviera en este mudo. Así lo prometieron, y así lo
cumplieron.
Cuando la noche
calló, confieso que no pude conciliar el sueño, preocupando incluso a mi
esposa. Las ideas morales y humanas en mi cabeza eran demasiadas como para
poder dormir.
Cuando la
mañana del nueve de Mayo llegó, desde temprano, en la plaza principal, se podía
ver el montículo de leños apilados para dar cumplimiento a la sentencia.
Al llegar a mi
lugar de trabajo, el Cardenal Jean-Paul y su acompañante Gratien, me
aguardaban. Necesitaban mi firma para la
aceptación de su dictamen, y así dar autorización de que la ley civil, bajo el
nombre de su Majestad el Rey Luis XIV, tomara la vida de Simone Dómine, siendo ejecutada
en la hoguera ese mismo día en un plazo no más tardío al de dos horas, para que
así, el decreto del Cardenal Jean-Paul fuese cumplido con cabalidad.
Confieso que
titubee. Al inclinar mi cuerpo sobre la mesa donde yacía el documento, noté que
estaba temblando. La punta de la pluma se detuvo sobre el borde del papel.
El pequeño
gesto que el Cardenal realizó con su entrecejo, en clara señal de comenzar a
percibir la duda que en mi se encerraba, fue el detonante que hizo que firmara
de inmediato. Como si nada, le entregué el papel.
Simone Dómine
fue quemada viva a la una de la tarde, del nueve de Mayo de 1646. Aunque no
acudí al suceso, con presteza el rumor del último alarido que pegó la hembra
mientras las llamas la consumían en vida, llegó a mí, y según comenta, no fue
el de una mujer en agonía, sino el de un lobo.
Ahora, dos días
después del acontecimiento, es decir, el once de Mayo de 1646, doy fin a este
documento, en el cual intento narrar los hechos desde el inicio, hasta su fin,
de la manera más apegada a la verdad que mi memoria me permita narrar. Este manuscrito,
por lo tanto, explica y da veracidad al caso de la Mujer-Lobo de Épinal,
Francia; un suceso, que sin duda, se comentará en futuras generaciones.
Thierry Bourg
Capítulo IV
-Analizando el caso de Simone y el
del Señor Remic-
Permaneciendo aún sentado en el sillón, y algo
perplejo por lo recién leído, Guillermo llevó una de sus manos a su sien,
razonando la complejidad de aquella historia. La voz del profesor Wells, lo
tomó por sorpresa.
-Un libro
algo escalofriante, ¿no cree? Tenemos suerte de haber nacido en una época donde
el razocinio impera ante cualquier otra cosa-dijo a modo de alivio respecto a
la idea que su contraparte dejaba a la imaginación-.
-¿Así lo
cree, profesor?-respondió Guillermo, en tono sarcástico, mientras que a la par,
cerraba el tomo que sostenía en sus manos y se ponía de pie con una sonrisa
marcada en su rostro-.
-Bueno
Percastegui, no estoy con ánimos de iniciar un debate sobre el comportamiento social
y religioso del hombre, respecto a la imposición a la fuerza de sus ideales,
justificando sus crímenes bajo la pauta de que su modo de pensar, sea religioso
o laico, es el correcto, único y verdadero-contestó Alexander, mientras ofrecía
una tasa de café a su comensal-en dado caso no vale la pena, la humanidad
siempre se ha manejado así: monarquía, clero, nobleza y plebeyos; hoy, empresarios,
políticos, clero y sociedades. La rueda gira en una esfera cíclica, querido
amigo, y la gente es demasiado estúpida para entenderlo. Sólo lo hacen hasta
que la presión es demasiado fuerte como para soportarla, entonces, alardean un
rato y reestructuran todo para dejar que la misma esfera comience a devorarlos.
-Como lo
plantea, no da muchas esperanzas.
-La
esperanza de que un ser mágico o un caudillo salve a la humanidad es lo que la ha
atrofiado, Percastegui. Es la esperanza en sí lo que ha hecho que la gente
permanezca esperando que algo suceda y cambie las cosas de manera milagrosa,
mientras ellos permanecen en sus sofás viendo el televisor. “Alguien vendrá,
alguien cambiará todas estas desigualdades e injusticias de este mundo”, dicen
los muy insensatos; pero como le dije, no estoy con ánimos de filosofar
respecto a la política, la religión y el camino que el hombre deba tomar.
Cuénteme, mejor, si ha logrado establecer algunos aspectos o patrones en los
casos redactados en el libro con la licantropía, y si ha podido ligarlos con el
caso del señor Remic.
Antes de contestar, Guillermo se dió tiempo de
sorber un poco del café que su profesor, colega y amigo, le había convidado. La
bebida, por el sabor que desplegaba en su paladar, le hizo saber que había sido
elaborada con un excelente grano; por la fuerza del aroma y gusto, también
entendió que el líquido estaba fuertemente cargado. Sin duda, la cafeína que
aquella taza poseía lo dejaría despierto toda la noche.
Una vez el primer trago fue bebido, contestó.
-Sin duda
hay varios aspectos interesantes por observar y destacar. En las tres historias
que leí, y subrayando la que refiere a la pobre criatura llamada Simone, se
puede ver que de alguna u otra forma, los ungüentos que se aplicaba, al ser
hechos con yerbas, que deduzco, fueron molidas, pudieron haber causado
alucinaciones en el individuo al ser aspiradas inconcientemente. Esto sirvió
como detonante para afirmar en la mente del sujeto su estado de “libertad”, de
salvajismo, convenciéndose que realmente, en aquellos momentos, ya no era un
ser humano, sino un animal, un lobo; figura que supongo, fue asociada por la brutalidad,
fiereza y miedo que estos animales han causado en la humanidad. Queda claro
también que esta autosugestión, con el paso del tiempo, fue tomando fuerza en
el individuo hasta creerse a sí mismo un animal completamente desligado de su
género humano, aunque como se pudo ver, esto no impedía que parte de su
razocinio e intelecto, permaneciera constantemente presente.
-¿Y qué me
dice de la necesidad de comer carne, ya sea animal o humana?-interrogó
Alexander mientras se sentaba en su escritorio a degustar su café-.
-Bueno,
quedó claro en el caso de Simone, que la idea de ser un animal, un lobo, le
incitaba a actuar conforme el género lo indica, cazando para poder sobrevivir y
comiendo sus alimentos crudos. En este mismo caso, también se puede ver que,
parte de su lado humano le incitó cometer asesinatos completamente fuera de su
idea o percepción de estado salvaje, sino que ésta misma fue utilizada como un
instrumento para saciar la psique conciente de la mujer. Es fácil comprender
que la desdichada, en su locura y deseo por cobrar venganza por la violación a
la que fue víctima, creó esa personalidad salvaje, que incitada por el
misticismo que la anciana impuso con sus ideas de hechizos, capaz de
transformarlas en lobos, terminaron desligándola de la realidad y dándole la
vía para poder liberar todo el odio que su traumática experiencia le
proporcionó. Comer carne bien fue una
manera de reafirmar su idea de ser un lobo, bien fue el deseo de desquite, que su mente
consiente le causaba, dándole satisfacción o placer, sabiendo que la carne que
ingería saciaba su hambre de venganza, y conciente, también, que causaría
sufrimiento a los dueños y familiares de sus víctimas animales y humanas.
-Muy
interesante análisis-reparó Alexander, mientras sus azules ojos se fijaban en
la negrura de los de Percastegui-Un trastorno mental alucinatorio, en el cual,
el implicado, se cree y se ve a sí mismo como un lobo, y por el cual puede
cometer actos que, en su estado de humano jamás se animaría a realizar.
-¿Una
especie de Dr. Jekill y Mr. Hyde?
-¡Correcto!,
una doble personalidad sin ninguna alusión a pócimas mágicas, en la que la
mente enferma del paciente, normalmente llevada a tal grado por algún
acontecimiento traumático en su vida, o como se lee en la novela de Robert Louis
Stevenson, donde un deseo oculto por realizar actos barbáricos y degenerados,
incitado en su caso por una droga, llevan a la persona a crear una identidad
con la cual puedan realizar dichos actos liberados de la presión social o las
buenas costumbres, ya sea por el simple hecho de experimentar sensaciones
nuevas, consumar venganza hacia ciertos individuos en específico, o de repente
ambas. Esta personalidad, desligada de su supuesto “yo conciente” es la que les
da seguridad y les sirve como justificación si llegan a ser capturados, con el
clásico “yo no fui, fue el lobo que me dominaba, o no era yo, fue Hyde”
-En este
punto, profesor-expuso Guillermo, mientras dejaba la tasa de café en una
pequeña mesita de sala-le hago, de nueva cuenta, la pregunta de hace un rato:
¿Qué le lleva a pensar que el señor Remic sufre de licantropía? Entiendo que el
hombre ha desarrollado un caso de doble personalidad, en la que, como lo
comparamos con el caso de la novela de Stevenson, utiliza dicha personalidad
para justificar sus actos, pero fuera de eso, no he visto indicio alguno de que
Remic se comporte como un animal salvaje.
-¿Recuerda
al último niño que nuestro paciente atacó antes de que le atraparan?
-Sí,
claro.
-Bien,
ahora dígame, ¿por qué fue hospitalizado por unas horas el pequeño?
-Por
presentar mordeduras en uno de sus bra-zos.
Aquella última palabra, pronunciada en sílaba por
Guillermo, fue la señal que le hizo comprender a Alexander, que su alumno y
amigo, había comprendido.
-Ayer en
la noche-continuó Wells-recibí una llamada por parte del psiquiátrico, me
comunicaron que Remic estaba fuera de sí dentro de su habitación, actuando como
un loco salvaje, no como su ya conocida doble personalidad, llena de odio y
resentimiento, pero claramente comportándose, no como una persona, sino como un
animal, y que, por supuesto, me requerían cuanto antes. El resto de la
historia, Guillermo, no planeó contársela. Termine su café. En unos minutos,
partiremos al psiquiátrico. Si la buena suerte decide estar de nuestra parte,
el resto de dicha epopeya la verá con sus propios ojos.
Capítulo V
-Licantropía: El Hombre Lobo-
Bajo la brisa que se levantaba del puerto y
caía sobre la ciudad, refrescándola del insoportable calor veraniego de la
noche, el vehículo en el que Alexander y Guillermo viajaban, transitando las
calles de la capital, ahora casi vacías por la hora, se figuraba como una
célula que recorría las intrincadas venas de aquel cuerpo de concreto.
Al llegar a destino, el pequeño reloj digital integrado
en el transporte, marcaba la una y media de la madrugada. Afuera, alborotados
por el calor, los grillos imponían su estridente melodía, cual concierto
insectívoro.
Golpeando con fuerza la puerta de vidrio
reforzado del edificio al que habían llegado, Alexander hacía un ademán con la
mano, en señal de saludo, al vigilante que comenzaba a distinguirse desde un
lejano pasillo. Cuando éste reconoció al distinguido académico, dibujando en su
cara un esbozo de sonrisa, contestó dicho saludo.
Con la suavidad que las bisagras bien
aceitadas proporcionan a las puertas, una de las hojas de ingreso del antiguo
psiquiátrico se abrió para permitir que los dos hombres que se encontraban en
su exterior, entraran en él. De inmediato el sereno del lugar saludó
cordialmente a los dos psiquiatras.
-Buenas
noches, Dr. Alexander, Dr. Guillermo.
-Buenas
noches-reparó en primera instancia Wells, seguido por su colega-Como
quedé-prosiguió-he venido esta noche.
-Si
señor-contestó el celador, mientras cerraba la puerta de entrada-los enfermeros
le están esperando en el segundo piso. Los ascensores están funcionando, pueden
utilizarlos si así lo desean.
Bajo las pocas luces que iluminaban el pasillo
del segundo nivel, al parecer, una medida para ahorrar energía, los dos hombres
caminaban por las casi interminables longitudes de éstos sin precisar un fin
concreto.
En la distancia, en un sector donde las luces
permanecían apagadas, y la iluminación provenía de las lámparas más alejadas,
un grupo de enfermeros, amontonados, observaban a través de la ventana cuadrada
de la blanca puerta, lo que se presentaba por detrás.
Cuando uno de dichos practicantes, vio a los
doctores acercarse, se encaminó hacia ellos para recibirles.
-Buenas
noches-reparó el hombre vestido de un blanco tan puro que se perdía con las
paredes-Al igual que anoche-continuó sin ningún otro tipo de introducción-el
paciente está actuando de manera desquiciada. Estábamos esperando que llegaran
para que nos den instrucciones.
-Bien,
muchas gracias, por el momento sólo lo sedaremos-fue lo único que contestó
Alexander al muchacho de cobriza cabellera-Sería pertinente, Guillermo, que
eches un vistazo tras la ventanilla-dijo después, haciendo una señal con su
mano para enfatizar la acción-.
Sin nada que pronunciar, y el entrecejo
fruncido a causa de las ideas que pasaban por su mente, el joven hombre, miró
tras la nitidez de aquel vidrio de tres capas. Lo que vio, aunque lo esperaba,
no pudo evitar que se impresionara y reviviera los escritos que tan sólo una
hora y media atrás, estuvo leyendo.
Encerrado en una habitación cuadrada, de unos
cuatro ó cinco metros por cada lado, completamente cubierta, en pisos y
paredes, por un suave tapizado acolchonado, el hombre cuyo apellido era Remic,
se veía eufórico y agresivo, con los labios contraídos que dejaban ver gran
parte de su encía y completa dentadura, con el seño fruncido, situación que le
impregnaba una fiereza macabra en el rostro. En cuanto su andar, igual que un
animal enjaulado, caminaba de un lado a otro, intentando caminar en cuatro
patas, aunque de tanto en tanto se erguía por completo para comenzar a rasguñar
las paredes, en un intento por trepar por ellas.
Cuando Guillermo retiró su vista de la imagen tras
la ventanilla, la clavó directamente en la de Alexander. El viejo,
sosteniéndola en todo momento, pronunció.
-¿Qué me
dice ahora, Percastegui?
-Es…-titubeó,
mientras la boca comenzaba a secársele-increíble, no creí que en una época como
ésta un caso como éste pudiera ser estudiado por la ciencia moderna.
-¿Por
qué?-le contestó Wells, desviando su mirada hacia la pequeña ventana donde los
enfermeros miraban fervientemente-¿acaso este tipo de enfermedades mentales sólo
se pueden dar en épocas pasadas?
-No, por
supuesto que no-contestó con una risa, producto de entender lo tonta que había
resultado su afirmación-por supuesto que no-repitió casi para sus adentros-.
-Entonces
quite esa cara de asombro y ayúdenos a sedar al hombre de inmediato, antes que
se lastime a sí mismo, los estudios que le realizaremos en los próximos meses
serán arduos, y difíciles, así que
procuremos hacer que el señor Remic descanse por el momento –dijo con un tono
imperativo, tan común en él-¿Dígame Percastegui, cree en los hombres lobos?
-¿Profesor?
-Si cree
en los hombres lobos-replicó con un tono sutilmente sarcástico, mientras
comenzaba a abrir la puerta de la habitación -.
-Sí,
profesor, creo en los hombres lobos-dijo, a la par que las comisuras de su boca
dejaban ver una risa pícara-.
Licantropía en el Siglo XXI
FIN
La siguiente obra es propiedad del autor. Queda prohibida su impresión o cualquier
forma de lucro económico sin el consentimiento del autor / Registro de la obra
en México DF, 2013.
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